APRENDER A VIVIR

Samael WEOR

Es necesario comprender la necesidad de aprender a vivir. Las experiencias de la vida diaria son muy útiles; desafortunadamente las gentes las repudian, las enjuician, las detestan, etc. Muchos se quejan de si mismos y de los demás; se asombra uno de ver como es que las gentes subestiman las experiencias. Nosotros debemos actuar a la inversa, tomar las experiencias para nuestra propia auto-realización; ellas en si mismas pueden ofrecernos material didáctico suficiente como para el desarrollo de la esencia, o en otras palabras, para el crecimiento anímico.

Así pues, las experiencias resultan ciertamente magnificas, en todo sentido. No es posible sacar material didáctico del desarrollo de la conciencia de cualquier otro lugar que no sea de las experiencias: por eso quienes las repudian, protestan contra las dolorosas experiencias de la vida, obviamente se privan de lo mejor, se privan precisamente de la fuente viva que puede conducirnos al robustecimiento de la vida anímica. Cuando uno toma las experiencias como material didáctico para la su auto-realización, descubre sus propios defectos psicológicos, porque es en relación con la humanidad, es en relación con nuestros familiares, es en relación con nuestros compañeros de trabajo, en la fábrica, en el campo, etc. Mediante las experiencias logramos el auto-descubrimiento; obviamente las experiencias son buenas, hacen aflorar nuestros propios errores; en presencia de nuestros insultadores, por ejemplo, aflora el Yo de la Ira; en presencia del vino aflora el Yo de la Borrachera; en presencia de personas de otro sexo, si no estamos alertas y vigilantes como el vigía en época de guerra, aflora la Lujuria. Así pues, resulta útil la experiencia para conocernos a si mismos. Obviamente lo principal es no identificarnos con ningún acontecimiento, con ninguna circunstancia; necesitamos aprender a ver los distintos eventos y circunstancias sin identificarnos con los mismos. Necesitamos aprovechar cada experiencia, por horrorosa que sea, para el auto-descubrimiento; cuando uno se esta auto-observando a si mismo, ve cuan útiles son las experiencias. Es necesario entender la necesidad de desintegrar al Ego; no seria posible esto si no aprovecháramos las duras experiencias de la vida. Hay personas también, que después de un trabajo de observación constante con los distintos eventos de la existencia, se olvidan del trabajo, entonces las experiencias vuelven a ser tomadas como antes. Cuando uno toma las experiencias de la vida como un medio para llegar a un fin, como un medio para el auto-descubrimiento, como un medio para la auto-observación, puede saborearlas. El sabor del trabajo es algo maravilloso, le da a uno una exquisitez inefable.

Cuando uno descubre que tiene tal o cual defecto psicológico y lo elimina, entonces viene a saborear el trabajo con un sabor inconfundible; pero cuando uno después de haber trabajado, abandona el trabajo sobre si mismo y vuelve a tomar las experiencias de la vida como antes, es decir vuelve a reinvertir el sentido de las experiencias, entonces indublitablemente sentirá otra vez el mismo sabor de la rutina diaria, el mismo sabor a vida de siempre. Tenemos pues que distinguir claramente entre el sabor trabajo y el sabor de la vida rutinaria. Así pues mis caros hermanos, no huyan de las experiencias de la vida, aprovechen la mas simple experiencia para el auto-descubrimiento; cualquier evento por insignificante que sea, nos permite el auto-conocimiento. Precisamente en relación con las distintas gentes es como viene uno a auto-descubrir , a descubrir sus propios errores que afloran tan espontáneamente que basta estar en estado de alerta para verlos. Defecto descubierto debe ser trabajado, debe ser enjuiciado, analizado correctamente, debe ser comprendido a través de la técnica de la meditación. Posteriormente viene la ejecución, la disolución; cualquier agregado psíquico puede ser disuelto con la ayuda de Devi Kundalini Shakti, nuestra Madre Divina; si nosotros le suplicamos que elimine de nuestro interior, nuestro agregado psíquico que hemos comprendido, Ella así lo hará, lo desintegrará y quedaremos libres de tal defecto. ¡Cuán dichoso se siente uno cuando elimina de si algún defecto!, siente uno como que le hubieran quitado una abrumadora carga de encima, ¡cuanta dicha!. Y a medida que los distintos agregados psíquicos se van desintegrando, la Esencia, el Budhata, se va liberando; y cuando todos los agregados han sido reducidos a polvareda cósmica, desaparece la consciencia egoica, solo queda la Conciencia limpia del Ser, la Conciencia prístina original.

APRENDER A PERDONAR... APRENDER A EVOLUCIONAR

Atención:
Este ritual es MUY poderoso y actúa directamente en nuestro Ser y en nuestro camino, por lo tanto, debe realizarse cuando REALMENTE se sienta en el interior y cuando veamos que es el momento, no por la sencilla razón de estar expuesto aquí debe usarse a la ligera y sin responsabilidad.

 Adecuado para liberar energías que nos tienen atados y que no nos permiten evolucionar, son varias las emociones que podemos sentir, entre ellas:
* Culpas, (yo no me siento merecedor de...)
* Sentimientos de inferioridad (mi padre-madre no me han valorado suficiente en mi niñez).
* Resentimientos (me he sentido tratado injustamente...).
* Dificultad de relacionarse adecuadamente, con la pareja (revisar la relación con padre-madre y liberarla a través del perdón), etc...

Premisas básicas antes de cualquier ritual: Encender una vela y un incienso. Abrir el ejercicio con el mudra de alineamiento: Mano izquierda, dedos índice y pulgar juntos. Yo soy equilibrio en acción. Pido energía de purificación. Abro mi canal a la Luz. Pido a mi vehículo superior que tome el mando de mis vehículos inferiores par hacer este ejercicio. Visualizo a la persona delante de mi y detrás de ella el Consejo de Ancianos o Tribunal Kármico. Yo invoco a la Ley del Perdón y a través de ella yo te pido perdón:......por todo pensamiento, sentimiento, palabra o acción incorrectos emitidos hacia ti y por todo daño que te haya causado en ésta o en otras vidas. (Hacer una pausa y observar si hay alguna sensación o molestia en el cuerpo, porque se están liberando las energías de limpieza, si la hay pasar la mano como recogiéndola y limpiarla sobre el fuego de la vela para purificarla). Yo invoco a la Ley del Perdón y a través de ella yo te perdono:..... por todo pensamiento, sentimiento, palabra o acción incorrectos que hayas emitido hacía mi y por todo daño que me hayas causado en ésta o en otras vidas. (Hacer una pausa y observar si hay alguna sensación o molestia en el cuerpo, porque se están liberando las energías de limpieza, si la hay pasar la mano como recogiéndola y limpiarla sobre el fuego de la vela para purificarla).

Yo invoco a la Ley del Perdón y a través de ella yo me perdono: a mi mismo/a por todo pensamiento, sentimiento, palabra o acción incorrectos que haya emitido hacia:........y hacia mí mismo/a y por todo el daño que le haya causado y me haya causado en ésta o en otras vidas. (Hacer una pausa y observar si hay alguna sensación o molestia en el cuerpo, porque se están liberando las energías de limpieza, si la hay pasar la mano como recogiéndola y limpiarla sobre el fuego de la vela para purificarla). Yo te doy la libertad y me libero de mi mismo/a y pongo en manos del Consejo Kármico nuestra situación. Gracias por todo lo que he aprendido de ti y de nuestra relación. Visualizar el símbolo del infinito ∞ entre los dos en color violeta y luego luz dorada que nos baña a los dos. Cerrar el ejercicio con el mudra del alineamiento: Mano derecha, dedos índice y pulgar juntos

APRENDE A PEDIR DESEOS

PEDRO PALAO PONS

¿Y si pudiéramos pedir tantos deseos como fuéramos capaces de soñar?

No tenemos un genio personal hacedor de milagros, pero disponemos de fuerza, energía y voluntad. A lo largo del día podemos escuchar a quien nos dice que tiene mala suerte, que nada le sale bien y que sus deseos no se cumplen jamás. Son personas que han olvidado el concepto y la forma del deseo. Se trata de hombres y mujeres que finalmente asumen, como un hecho normal y real, que la suerte les ha dado la espalda. Ello les conduce a resignarse con el destino y a conformarse como están. El deseo no es una lotería. Es nuestra energía puesta en movimiento en el mismo instante que decimos "quisiera… me gustaría… deseo". Es una vibración real en la mente del individuo, una mente llena de dudas, contradicciones, miedos, incapacidades y falsos egos, pero también de esperanza. Un tranvía llamado deseo El mundo de los deseos es como una interminable vía por la que circula el tranvía de las posibilidades. Verlo, tomar conciencia de su existencia y viajar en él o no, depende de algo tan importante como la voluntad de acción y la memoria.

¿Quién se acuerda una semana después de lo pedido al año nuevo o el día de su cumpleaños? No hay nada peor que desear y olvidar. Es muy fácil decir "quisiera encontrar pareja" o "desearía cambiar mi situación en la vida", cuando tras el deseo básico, nos quedamos en el mensaje sin pasar a la acción. Un deseo no es gratuito, pero sí efímero, aún más, si lo dejamos morir en el olvido. Al pronunciarlo hemos comprado el ticket para poder viajar en el tranvía del deseo, pero luego debemos mover nuestra energía. Saber pedir Para trabajar con los deseos, debemos saber pedir con intención, atención y conciencia. Para ello necesitamos: dejar a un lado el concepto de azar; estar dispuestos a potenciar la intención; establecer un motivo real que justifique el deseo; pedir con un cierto rigor y credibilidad y solicitar los deseos de uno en uno. Cuando tengamos claros puntos como los anteriores, pasaremos a la acción. Eso sí, paso a paso. Comenzaremos por anotar el deseo claramente, reduciendo a la mínima expresión lo que queremos. En lugar de "deseo solucionar mis problemas de pareja" diremos "deseo solucionar -este- problema de pareja". Y cuando decimos "-este-" nos estamos refiriendo a un punto problemático concreto.

Saber para qué estamos deseando nos ayudará a conseguir lo que pretendemos lograr. Para tener una idea más clara podemos preguntarnos: ¿Qué espero lograr con esté deseo? ¿Para qué me servirá? ¿Cómo pretendo que cambie mi vida desde este momento?

Las estrategias

En una hoja de papel encabezada con las palabras que identifiquen el deseo, marcaremos todos los puntos y acciones a desarrollar de forma activa. Estableceremos objetivamente estrategias a seguir por si fallan las previstas. Debemos saber cuándo comenzaremos a trabajar por nuestro deseo y establecer un tiempo prudencial para tomar nota de los progresos que estamos efectuando. Pactaremos también el momento que daremos por finalizada nuestra acción, es decir, cuando el deseo ya ha llegado a su tiempo límite, aunque no se haya cumplido. Esta fecha final es muy importante, ya que nos dará las pautas de cambio en nuestra vida y nos permitirá no perder más tiempo esperando logros que quizá, verdaderamente, no podemos conseguir.

Consejos: empieza el día con alegría 1. - Al despertarnos, sin levantarnos de la cama, ni movernos, respiraremos profundamente dos veces. 2. - Manteniendo los ojos cerrados, pediremos, con toda nuestra fuerza e ilusión, un pequeño deseo para el día de hoy. 3. - Si hemos solicitado sonreír, visualizaremos en la mente una imagen nuestra sonriendo. 4. - Repetiremos mentalmente: "Puedo desear… Tengo un deseo… Haré que mi deseo se cumpla". 5. - Respiraremos un par de veces con profundidad y nos levantaremos con normalidad intentando mantener la imagen del deseo en la mente unos minutos más.

APRENDA A DETECTAR LA ANSIEDAD Y A VENCERLA

Por Laura Álvarez Bravo, M.Psc. Psicóloga Clínica

La ansiedad es un sentimiento normal y necesario porque nos permite estar alerta y reaccionar ante situaciones nuevas, cambios, preocupaciones y amenazas. La persona ansiosa suele sentirse inquieta, y presenta síntomas corporales como dolor de cabeza, dolor de estómago, sudoración, sensaciones incómodas, entre otros.

Los seres humanos pueden reaccionar a la ansiedad de diferentes maneras, por ejemplo empiezan a comer mucho, se comen las uñas, se alteran con facilidad o se les sube la presión.

La comida, muchas veces se utiliza para tratar de vencer la angustia que se siente y mejorar el estado de ánimo. Comer es considerado algo agradable y fructificante que por un rato nos puede ayudar a desviar la atención de lo que nos preocupa. Como individuos muchas veces aprendimos a satisfacernos a través de la comida. Por ejemplo, es común que a los niños se les premie con confites u otros dulces, si alguien está triste muchas veces le damos comida para ayudarlo a que se sienta mejor, cocinamos de manera especial cuando vamos a recibir a alguien, si estamos felices celebramos con comida – en pocas palabras, la comida siempre tiene un papel esencial.

Muchas veces no comemos sólo por comer, sino que le damos a los alimentos un valor especial en donde son utilizados para combatir preocupaciones y necesidades.

Sea cual sea su escape para combatir la ansiedad, comer mucho, trabajar en exceso o comprar compulsivamente, usted puede aprender a vencerla para que de esta manera la ansiedad no logre dominarlo ni influya significativamente en sus múltiples actividades.

Algunos consejos para combatir la ansiedad son:
Trate de determinar la causa de su ansiedad. Puede llevar un registro en donde usted escribe a qué hora del día se siente más ansioso, qué le provoca ansiedad, las sensaciones que tiene y qué hace para vencerla. Consulte a su médico para determinar si padece de un trastorno de ansiedad. Evite aislarse, busque personas con las que pueda conversar y compartir. Practique ejercicio físico(si siente que no puede, realice rutinas pequeñas y poco a poco auméntelas). Duerma bien, regule su sueño de manera que sea suficiente y pueda llevar a cabo sus actividades sin problema. Si le cuesta dormir, intente leer o ver televisión. Evite el alcohol, el cigarro o el café – estos no mejorarán sus síntomas de ansiedad. Programe actividades, esto le ayudará a disminuir la ansiedad. Si los síntomas de la ansiedad son muy desagradables y le impiden continuar con sus actividades consulta a su médico sobre medicación. No se automedique. Realice técnicas de relajación. Busque actividades que le produzcan placer, cursos, manualidades, libros de lectura, teatro, el cine. Revise su auto concepto.

Dígase todas las mañanas algún pensamiento positivo.

ANGUSTIA Y MIEDO

Una perspectiva psicologica desde el analisis existencial

Ser en el mundo:

Dice Sartre: "Ser en el mundo no es escaparse del mundo hacia sí mismo, sino escaparse del mundo hacia un allende del mundo que es el mundo futuro". ¿Para quién soy? Es una de las preguntas clave para la existencia. La respuesta egoísta sería: "Para mí", pero en nuestra particular y cotidiana existencia nos damos cuenta (aunque no siempre ni en todo momento) de que dicha respuesta no es efectiva ni funcional, que por el contrario necesitamos de otro que no habilite y que además necesitamos participar en y de la vida de ese otro. Decimos "ser en el mundo" y en esa partícula lingüística "en" se encuentra marcada una unidad relacional biunívoca entre ser y mundo, estableciéndose una relación de mutua reciprocidad más que de simple contigüidad.

Ser es distinto a estar o a ser "junto a". El ser es "en" y no "junto a". Si pudiésemos conocer el mundo como algo diferente a nosotros mismos, entonces si podríamos hacer una separación demarcativa entre sujeto (hombre) y objeto (mundo), entre sujeto que conoce y objeto que es conocido. Pero en realidad ser y mundo son ambos sujetos. En el primer caso, sujeto vs. objeto, habría una relación de contigüidad, por cuanto uno está al lado del otro; pero en el segundo, al ser parte co-constitutiva y co-creadora de ese mundo, la relación sería de mutua interdependencia.

En este sentido Merleau-Ponty decía que con el otro estamos en reciprocidad perfecta, queriendo entender con esto el que ambas partes buscan lo mismo, aunque dicha reciprocidad no sería del todo perfecta si nos centramos sobre los logros obtenidos, pues dándose lo mismo se puede llegar a resultados diferentes (contrapuestos o complementarios).

Permanentemente sería el otro quien nos confirma nuestro lugar en tanto la imposibilidad para uno mismo de ser testigo externo de su propia singularidad existencial. Somos testigos del existir de los otros, al tiempo que somos conscientes de que los otros son testigos de nuestro existir y es por ello que decimos que los otros confirman nuestro lugar. O sea, soy en tanto que tengo conciencia de que hay otro que me reconoce como otro ser diferente a él, pero similar en cuando a especie.

En la práctica de la psicoterapia, por ejemplo, en una persona psicótica, a diferencia de la persona "normal", el psicótico se considera el mundo y en consecuencia no reconoce diferenciaciones para con los otros seres, no es con el otro. La libertad.

Somos libres en tanto no existe nada que pueda determinarnos plenamente ni obligarnos a mantener una conducta, aunque si pueden llegar a haber múltiples y diferentes tipos y matices de condicionamientos, siendo los más incisivos aquellos que se encuentran enlarvados en el ámbito inconsciente, ya sean en el propio y/o en el colectivo. Si bien puede obligársenos en ciertas áreas de nuestra existencia a un cierto actuar físico y/o mental, siempre existen y existirán espacios en donde no podrán haber condicionamientos de ningún tipo. Inclusive, ante un mismo condicionamiento, por ejemplo el que experimentamos ante los medios de comunicación masiva, no siempre resulta la misma respuesta, tanto a nivel individual como grupal (micro y macro).

Por lo tanto si bien en forma potencial soy el que seré, realmente no soy el que seré. De ser el que seré me separa la temporalidad, tiempo este que puede o no llegar a ser (y lo que no es, es nada).

Por consiguiente lo que me viene a separar de lo que seré es una nada potencial. En consecuencia, ningún existente actual puede determinarme (aunque si condicionarme) en lo que seré, es decir, nadie puede planificar pautas de acción ciertas en tanto que es imposible establecer lo que será (y seremos) cada uno de nosotros. Y ese futuro es de lo más incierto por dos motivos: a) no sé si seré porque puedo no ser y b) aceptando que sea en ese futuro, no sé que voy a ser. La angustia y el miedo. Decía Heidegger que hay para el "Dasein" (ser en sí mismo) una posibilidad permanente de encontrarse frente a la nada y descubrirla como fenómeno. Eso sería la angustia. La forma en que nos cabría enfrentar la nada, la cura de ese no-ser es la angustia. La posibilidad de seguir existiendo frente a esa nada es lo que estaría dado por la angustia.

Decía Freud: "Pienso que la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto, mientras que en el miedo la atención está dirigida precisamente hacia un objeto". En cambio, para Sartre, somos angustia y el miedo sería un sentimiento en relación a los otros. La angustia para este filósofo francés sería más un sentimiento dirigido hacia uno mismo. Para Heidegger en la angustia es donde sentimos el mundo en su mundaneidad, es decir, como algo externo.

Entre el miedo y la angustia habría una permanente comunicación, un transitar constante. Por ejemplo, ante un divorcio lo primero es experimentar dolor e ira, y posteriormente la angustia ante la soledad y la pérdida afectiva.

La angustia está generada por la libertad, en tanto que tenemos la capacidad electiva de hacer algo o de no hacerlo. Si no fuésemos libres, si estuviéramos totalmente pre-determinados, la angustia no existiría, a lo sumo experimentaríamos una cierta resignación. Y Sartre dice que existe una conciencia específica de libertad y esta conciencia es la angustia y en ese sentido, la angustia somos nosotros mismos. Cuando lo que hacemos es dejar de ser lo que nos propusimos ser, ello es lo que nos provoca angustia. Para este autor la angustia sería el reconocimiento de una posibilidad como "mi" posibilidad. Considera en este sentido como deterministas a aquellas corrientes filosóficas (y psicológicas) que suponen la existencia de un ente pre-determinado, sin conciencia de sí mismo y que por ende, al no ser libre actúa de ciertas maneras sin posibilidad de expresarse de forma diferente.

Mi angustia sería la angustia de permanecer con vida, porque habría de permanecer con vida en la medida en que hay otro que me está confirmando mi propia existencia. Entonces el riesgo que tiene ese intento es que por un lado la tengo que hacer (la confirmación por el otro) para poder estar vivo, pero al hacerlo corro el riesgo de la muerte y eso nos conduce a la angustia del ser, a la angustia existencial.

Sentimos angustia entonces por lo que viene y se manifiesta a través de nuestro ser y el miedo lo experimentamos por lo que viene de los otros, por aquello que proviene de fuera del ser, aquello que no es propio de la conciencia. Para que mi ser se angustie acerca de algo y/o de alguien sería menester que esté en relación con nuestro ser. Tenemos que buscar indagar en nosotros mismos acerca de cuales son los motivos que llevan a esa angustia en tanto que aquello que me angustia está en una íntima y única relación conmigo, con mi historia vital. El temor en cambio estaría más orientado en el sentido del accionar que un otro singular y/o plural pueda llegar a desencadenar hacia mi persona y/o hacia la de otros que reconozco como mis semejantes e inclusive hacerlo extensivo hacia otros seres que si bien no los reconozco como iguales, les confiero una trascendencia como sujetos. Angustia y valores.

"Mi libertad se angustia de ser el fundamento sin fundamento de los valores" (Sartre). Si soy mi libertad y continuamente estoy llevando a cabo distintas opciones existenciales, entonces no hay valores pre-establecidos. Si bien existe libertad para optar por determinados valores y estos van a variar según y en una misma persona, se van a caracterizar en el actuar, en el optar. Es en el actuar donde esos valores cobran sentido. ¿Y a qué valores nos estamos refiriendo? A aquellos valores que adquieren significado en la medida en que el ser actúa, es decir, en la medida en que somos libres y optamos por ciertas expresiones de nuestro sí mismo, damos a luz a determinados valores cuya existencia estaría dada por nuestro accionar en el mundo. "La angustia es pues la captación reflexiva de la libertad por ella misma" (Sartre) En tanto que soy mi libertad es ella la que capta la angustia; pero salvo en el caso de ciertas condiciones patológicas, no encarnamos la angustia sino que la evitamos a través del uso de mecanismos defensivos.

Mecanismos defensivos y complejos en Análisis Existencial. Los mecanismos de defensa consistirían en un "aferrarse a" en el sentido de que nos posesionaríamos de "algo" y dicha posesión implicaría una cierta objetivización en la forma de un: "Poseo, luego existo". Es decir, evitaríamos la angustia cosificando al otro, poseyéndolo, haciéndolo no existente, negándolo.

Si mi libertad es libertad para "planificar" mi existencia, todo aquello que pueda poner en cuestión dicha planeación devendría en angustia, siendo la actitud más común por ello originada la hostilidad hacia el agente provocador (sea un algo o un alguien).

Decía Sartre: "Estas tentativas de defensa mutilan la existencia del hombre, mermándole su libertad y espontaneidad creadora", para en otro momento expresar: "Puedo huir para no saber, pero debo saber que estoy huyendo... Y la huida de la angustia no es sino un modo de tomar conciencia de la angustia" Y esta sería la existencia inauténtica.

Primero existimos en lo individual y luego nos conformamos como seres en particular, por ende, en forma previa a mi existencia no hay nada que pueda considerar como mío. Lo que puede haber existiendo que pasa a ser mío, pasa a serlo en la medida en que lo incorporo, lo introyecto, lo voy asimilando o rechazando sobre la base del entorno cultural, social, económico, etc., que es el que va delimitando y contextuando dicha situación. Si bien esto no nos es dado por transmisión genética, esta postura no implica ni una negación ni un desmedro de lo biológico como constituyente de nuestro ser. Por ejemplo, una psicosis maníaco-depresiva tiene una gran connotación biológica en su etiología.

Entonces el ser habrá de llegar a ser lo que ha proyectado ser. Pro-yecto es algo que se encuentra por-venir, en un futuro y continuamente estamos configurando pro-yectos en nuestro devenir hacia delante. Pero existe una limitante para que hagamos plena la posibilidad de ser en sí que tenemos y está dada por el impedimento de los otros. El proyecto único de todo y de cada ser existente es ser en sí y debemos establecer proyectos alternativos que tengan en cuenta esa posible limitación que significan los otros. Y esos proyectos pueden además verse cercenados, inhibidos y frustrados, lo que a su vez implicaría el desarrollo y el establecimiento de un nuevo proyecto.

Decía Sartre que el hombre es su elección y con ello quería significar que todo ser es un conjunto de elementos y no una simple suma de partes aisladas; es un existente. En este sentido, podemos entonces hablar de complejos en tanto que la finalidad de la existencia del ser es llegar a conocer el mundo para dominarlo y en forma a priori sabemos que ello es imposible y en tanto se constituiría en complejos en cuanto a la imposibilidad de su realización.

Es imposible llegar a comprender y a contener todo el conocimiento en sí y ello es lo que conduce a la formación e instauración de los complejos, en tanto situación cuya resolución resulta frustrante, difícil y/o imposible.

Pero detrás de todo ello se encuentra en forma latente el pro-yecto individual y particular de cada ser. Por ejemplo, para desarrollar un complejo de inferioridad debemos reconocer la existencia de algo superior a nosotros mismos y por lo tanto seríamos libres de optar si hay algo superior o no. Y en ese caso somos libres de elegir entre quedarnos en lo inferior y no tratar de llegar a lo superior. Es una elección que llevamos a cabo y somos conscientes de dicha elección, lo que no siempre es consciente –y en este caso implicaría un análisis de los motivos- es el porqué llevo a cabo esa elección y no otra.

Como dice Sartre: "Puesto que el mundo sólo se revela a la luz de un objetivo, el pro-yecto fundamental afirma como su objetivo una cierta relación con el ser en general que un hombre elige mantener" Ese pro-yecto fundamental es lo que el ser es; somos nuestro proyecto y él es la expresión de nuestro ser en el mundo.

El objetivo del Análisis Existencial como corriente psicoterapéutica sería el descubrir y explicar ese pro-yecto fundamental para ese ser (A diferencia del Psicoanálisis que explicaría el ser por lo que fue, el Análisis Existencial lo haría por lo que será).

Si soy un pro-yecto soy lo que seré y ello implica la explicación sobre la base de lo que proyecto ser teniendo como sustento una historia individual (lo que fui ya lo fui), lo que importa investigar es lo que seré, que es mi pro-yecto.

Los conocimientos que hemos adquirido en el pasado nos sirven en tanto que instrumentos con los cuales operar en el futuro. El futuro es siendo; no es en la medida en que aún no estamos en el futuro; el futuro es un siendo ya que todo lo que hacemos lo realizamos en función de nuestro pro-yecto de futuro. O sea, que lo que justifica mi ser hoy es lo que seré siendo, lo cual puede llegar a modificarse en forma permanente. Somos un ser único; somos en este instante presente, nada más y nada menos. Pero lo que somos en el aquí y ahora es la resultante existencial de lo que hemos sido y lo que fuimos lo hemos sido en tanto que hemos tenido un pro-yecto de ser siendo y ese pasado existe en la medida en que tuvimos un pro-yecto en el cual ese pasado era un futuro. Soy en la medida en que me pro-yecto al futuro estando implicado en ello todo mi ser, siendo un pro-yecto dinámicamente variable. Pro-yecto que es pensado en el presente hacia un futuro que será un pasado. Mala fe y sinceridad.

¿Qué es la mala fe? Es el mentirse a uno mismo, es ser a la vez el embaucador y el engañado. Sartre decía que Freud reemplazaba la mala fe por una mentira sin mentiroso y en ese sentido se preguntaba como se puede ser censor de lo que decoroso o indecente, de lo que es tabú y de lo que no lo es, sin ser consciente de ello.

¿Cómo se adquiere esa conciencia? Existiendo y previo a la existencia no hay nada, por consiguiente el hecho de existir es el factor generativo de la conciencia. Para poder ejercer el acto censurativo en cuanto tal, el inconsciente debería de contar con la posibilidad de tener una conciencia de tener conciencia (valga la redundancia) y de esa manera llevar a cabo la represión. Por lo tanto, la in-conciencia tiene conciencia de su propia conciencia, de lo contrario se encontraría ante la imposibilidad de poder establecer una frontera demarcativa entre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo no aceptable, lo permitido y lo no permitido. Pero desde el momento en que tiene conciencia pierde su cualidad de in-consciente. Ergo, en toda actuación para Sartre lo que existiría en forma exclusiva sería la mala fe, en tanto que si tengo conciencia de que tengo conciencia me estoy mintiendo a mí mismo y por lo tanto estoy actuando de mala fe. (Esta posición de Sartre no es por todos compartida). Lo opuesto a la mala fe sería la sinceridad, la que consistiría en la capacidad de aceptación de que no puedo ser en sí, lo que devengaría en el hecho de que mi existencia que es la búsqueda del ser en sí no tuviera sentido alguno, que no fuera sincera y por consiguiente sería mala fe. (Esto podría llegar a ser apreciado como un error filosófico de Sartre). Conclusión.

De todo lo expuesto podríamos rescatar el hecho de que el evitar la excusa que nos libera de la libertad de que existan cosas que no pueden acceder a nuestra conciencia, de que existen cosas que no pueden ser gobernadas por nuestra libertad. Existo porque soy conciencia de que existo y hay de hecho una serie de elementos que en algún momento determinado estuvieron formándose en mi conciencia, es decir, existiría toda una serie de fenómenos (sociales, culturales, religiosos, étnicos, etc.) que irían conformando esa conciencia en y como una gestalt, un todo mayor que la suma de sus partes constitutivas, lo cual devendría en y como sustrato de la conciencia. El in-consciente sería un ámbito de nuestro psiquismo, el cual en algún momento antes de la conformación de esa gestalt –en cuanto que construcción dinámica cuya génesis implicaría una espiral dialécticamente transformante y transformadora de carácter permanente- tuvo que haber pasado por mi conciencia y que a través y por medio de algún procedimiento podría volver a emerger y acceder a mi campo consciente. Al confrontar mi mala fe con esos elementos, ello lo puedo sacar porque antes lo puse allí. De esta manera la única cura para la angustia sería la no existencia de la muerte. Y si somos sinceros deberíamos de aceptar la muerte, lo cual implicaría que el pro-yecto de vida que establezco podría no llegar a completarse, a concluirse y desde ese mismo instante vivimos sabiendo que no habremos de cumplir con las metas que nos hemos fijado y por ende, existimos de mala fe en tanto que nos mentimos a nosotros mismos. En nuestra vida cotidiana el actuar de buena fe sería de hecho un ideal.


Bibliografía Consultada. M. Heidegger - "El ser y el tiempo"
M. Heidegger - "¿Qué es la metafísica?
M. Heidegger - "El concepto de tiempo" M. Heidegger - "El eterno retorno de lo mismo y la voluntad de poder" M. Heidegger - "La cosa" M. Heidegger - "Construir, habitar, pensar" M. Heidegger - "¿Qué significa pensar?" J. P. Sartre - "El ser y la nada"
J. P. Sartre - "El existencialismo es un humanismo" J. P. Sartre - "La naúsea" J. P. Sartre - "A puertas cerradas" Lic. Germán H. PASTORINI

ANGUSTIA JUVENIL

Delia Steinberg Guzmán

No es fácil definir la juventud. Aunque busquemos mucho, los distintos autores a lo largo del tiempo no han logrado ponerse de acuerdo en ninguna definición exacta. Además, la juventud es tan rica y tan amplia en matices, es tan plástica y tan extraordinaria, que no encontramos una manera objetiva, concreta, sintética de definirla. Como filósofos, tenemos una fe enorme en la juventud y una gran esperanza en ese mundo futuro del que tantas veces hablamos y del que tantas cosas decimos. Pensamos que ninguno hemos dejado de ser jóvenes en el fondo, y por una u otra razón, tampoco hemos dejado de tener algunas angustias, que podrán ser más o menos juveniles, pero que tienen su raíz en los mimos problemas y en parecidas circunstancias.

En líneas generales, para definir a la juventud deberíamos aceptar lo que dicen algunos: que es un estado intermedio entre la niñez y la madurez. Efectivamente, es un estado intermedio, pero no único ni definitivo, sino muy especial, porque sale de la llamada “dulce inconsciencia de la niñez” para entrar casi de golpe en un despertar repentino e inmediato a las propias realidades interiores, emocionales, intelectuales, físicas y psicológicas que se producen, que por muy naturales que sean, no por ello dejan de impactar fuertemente en la personalidad del joven.

Al hablar de juventud, no podemos referirnos única y exclusivamente a esos cambios físicos que se producen, y que señalan el paso de la niñez a la adolescencia, sino que hemos de referirnos también a otros cambios concomitantes, psicológicos y mentales, muy profundos. Haciéndonos eco de viejas doctrinas tradicionales y esotéricas, hemos de pensar también que el cambio en la juventud va más allá todavía, y no sólo despiertan psiquis y mente, sino que reaparece el propio Yo, ese Ego superior dormido que viene desde el fondo de los tiempos, y que necesita un momento especial en la vida para despertarse y manifestarse. No estamos de acuerdo con aquellos que dicen que la juventud comienza con la pubertad, con la madurez sexual. Tampoco debemos hacer terminar la juventud cuando aparece la madurez y el ser humano es ya adulto. Si así fuese, deberíamos preguntarnos cuándo comienza esa madurez. ¿O es que la juventud se prolonga mucho más, no ya en sus aspectos positivos, sino justamente en los negativos, como falta de madurez para saber qué se quiere? Vemos que no podemos poner límites. La riqueza humana es infinita, las múltiples expresiones de la evolución humana son infinitas, y no nos permiten ceñirnos a definiciones estrictas. La juventud tiene algo de nuevo nacimiento; es como volver a nacer aunque ya se esté dentro de un cuerpo físico y expresado material y concretamente.

La juventud tiene algo de abrir los ojos a una nueva forma de vida, y conlleva toda la angustia que supone precisamente eso: el tener que enfrentarse a una nueva forma de vida.

Es como si naciésemos, pero esta vez lo hiciésemos solos, absolutamente solos, porque sentimos que solos vamos a tener que resolver toda la angustia de ese nuevo nacimiento. Como todo nuevo estado, esta nueva juventud a la que se acaba de nacer, se nos presenta como inestable, insegura e intranquila. Necesita afianzarse y no encuentra donde hacerlo. Y ese es el porqué de la angustia a la que queremos referirnos. Podemos enfocar dicha angustia desde dos puntos de vista: hay una angustia normal y lógica, la que es propia del crecimiento, del desarrollo de este ser humano que vuelve a nacer cuando deja de ser niño; son todos los procesos que recoge la Psicología tradicional. Otro aspecto que nos interesa enormemente, es la “otra” angustia, la que no es tan natural y propia de la juventud; es la que suma nuestro mundo circundante con todos sus problemas, y que resulta menos natural y más agobiante para la personalidad del joven. Empecemos por la primera.

La Psicología de los últimos ciento cincuenta años nos dice que, efectivamente, no se puede valorar la juventud tan sólo por unos cambios fisiológicos, hormonales, por importantes que sean, sino que hay que apreciar otros elementos, muy propios y característicos, de tipo psicológico, intelectual y moral; curiosamente, esta Psicología siempre enfrenta todos los cambios de la juventud como si fuesen patológicos, anormales. Son tantos, tan grandes y tan importantes los cambios, que el joven debe tener la sensación de que está enfermo, y que lo que le pasa es terrible.

Lo primero que experimenta el joven, es la necesidad de afianzar una nueva personalidad. De pronto, hay que expresar nuevos conceptos y no hay elementos para ello, y hay que fortalecerse en cuestiones que parecen casi infantiles, pero que son las primeras que permiten expresar una personalidad juvenil. Se rechaza todo lo que ha constituido el mundo anterior, porque significa niñez, ser pequeño, no pensar, no sentir; por lo tanto, todo lo anterior es malo, hay que dejarlo de lado, rechazarlo. Dentro de este rechazo general, cabe inmediatamente la ruptura de la imagen que los padres tenían ante el joven; ya no son el papá y la mamá en los que refugiarse, ya no son el apoyo; y junto con la ruptura de esta imagen, caen las de todos los mayores que constituían el apoyo y el vínculo familiar más inmediato; todos los que habían sido amores hasta ese momento, se convierten en odios. En el joven no hay términos medios: todo el amor que antes se expresaba hacia los padres, se vuelca hacia nuevos líderes. Hay nuevos aspectos que tienen que llenar el vacío que se acaba de crear, y que despierta una enorme angustia en el joven.

Se agrandan las figuras del profesor, o del sacerdote, o del amigo un poco mayor, o de algún líder político. A veces los jóvenes quieren apoyarse hasta en líderes ficticios, que son de su invención y representan lo ideal, lo arquetípico y lo perfecto. A veces se aferran a personajes históricos que representan todo lo que al joven le gustaría ser y todo su amor se vuelva en ellos. Pero en el fondo, de lo que se trata es de rellenar un hueco. Y esto, al mismo tiempo, produce una enorme melancolía y una nostalgia por ese mundo infantil que se ha ido de las manos y no volverá.

El joven, en la primera etapa, tiene una gran propensión a la tristeza interior. Siente que ha perdido un mundo, pero no se lo puede explicar nadie. Siente que acaba de nacer a otro mundo, pero en ese otro mundo nadie le comprende. Y esa tristeza tan íntima, tan profunda, jamás se manifiesta hacia fuera; a lo sumo, asoma un poco de melancolía. Por fuera hay una alegría exagerada, ficticia por completo, con risas estridentes y actitudes fuera de lugar, o agresiones o una vitalidad exagerada que precisamente fuerza la agresión. Es más, el joven agrede a sus padres porque les culpa de la pérdida de ese mundo, y con un poco de sentido de culpabilidad espera que los padres también le agredan a él, lo que le parece que ocurre de inmediato. Y aquí se encadena una larga sucesión de angustias, de incomprensiones, con las discusiones cotidianas, los enfrentamientos constantes y el hecho de no poder convivir con aquellos que hasta poco antes constituían un núcleo cerrado y maravilloso. Ante esta situación el joven responde de múltiples formas.

En realidad es muy propio en el joven el despertar de ideas metafísicas; no en la línea de una metafísica filosófica perfectamente elaborada, sino de algo más sencillo. El joven comienza a preguntarse, por vez primera, por lo que son la vida y la muerte. Y se plantea que no es eterno, que está dentro del tiempo, que ha crecido y cambiado, que seguirá creciendo y cambiando y que desaparecerá. Y entonces se pregunta sobre lo que hay más allá Juntamente con estas ideas metafísicas, aparecen otras de orden moral. El joven suele ser muy estricto al principio, y de una manera y con una moral muy suya y muy personal, muy rígida, sobre todo para los demás, pero en alguna medida, también para sí mismo. Si esto se llevase a buen término, tendríamos el principio del ovillo que haría desaparecer la angustia juvenil de forma paulatina. Sin embargo, y desgraciadamente, no sucede así, y estos primeros arranques metafísicos y morales suelen promover en los familiares allegados sólo una sonrisa despectiva o una burla un poco cruel, que marcará heridas muy profundas en el joven. Desde el punto de vista intelectual, pueden pasar muchas cosas completamente distintas. O se abandonan por completo, y nos encontramos con esos jóvenes que habían sido brillantes y de pronto se estancan y empiezan a fracasar en los estudios, o les sucede lo contrario, encuentran en el estudio una escapatoria ideal y tratan de intelectualizar todo el problema que están viviendo, encontrando una vía maravillosa en el mundo de las ideas, y siendo capaces de detallar con precisión todo lo que ocurre en su interior. En este segundo caso se despierta una gran afición dialéctica, sin importar si las ideas que defienden son o no verdaderas.

Quieren discutir, afianzarse, demostrar fuerza y habilidad. Esto les hace realmente felices. Otra reacción típica del joven es un poco de egoísmo que los psicólogos llaman narcisismo. Centralizarse en sí mismo, querer encontrar todas las respuestas en uno mismo, exigirse originalidad porque para ser uno mismo se requiere ser diferente a los demás y hasta un poco excéntrico, y eso se advierte muchas veces en cosas tan sencillas como la moda. Pero es una excentricidad muy especial, porque está destinada a fastidiar un poco a los mayores. Además, requiere la aprobación de los otros jóvenes que se encuentran en la misma situación, para lo que se crean a modo de clanes en este sentido. Un elemento positivo de esta época de la juventud, aunque doloroso y poco aprovechado, es el despertar de la amistad. Tal vez nunca como en esta época se sepa lo que es verdaderamente la amistad. Las amistades de juventud son las amistades gloriosas, las únicas donde todo es maravilloso, donde hay una confianza ideal, fantástica, y donde el amigo lo es todo: escapatoria, desahogo de los problemas interiores, y también casi -en un terreno que no pretende entrar en lo nefasto ni en lo morboso-, como una prueba para lo que será más adelante el amor.

El amigo es el apoyo moral.
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Y más allá de estas experiencias individuales de amistad, a veces el joven encuentra otra escapatoria que es la de los grupos, donde se integra porque necesita sentirse fuerte, necesita la aprobación de los de alrededor, porque es muy difícil caminar solo. Los intereses de los jóvenes según la Psicología, son muchos y muy variados. Les suele interesar de todo, pero de forma poco sostenida: hoy se comienza algo y mañana se deja, se inician muchas cosas y no se termina prácticamente ninguna. Lo importante es estar en movimiento, pero realmente no interesa nada; hay una apatía total porque hay que responder al exceso de estímulo por parte de la familia o de quien les rodea, que les lanza constantemente consejos y recomendaciones sobre lo que hacer o no hacer; es un recurso defensivo. En general, el problema es que es simplemente joven y tiene angustia. Es difícil de entender, pero es una realidad. Ahora vamos al otro aspecto. Nuestro mundo, nuestro angustiado siglo XX, llueve sobre mojado y viene a sumarse a la angustia de los jóvenes. Vamos a señalar algunos de los aspectos que agravan enormemente la situación del joven. Como filósofos, tal vez es obligado empezar por el que consideramos el más terrible, el peor de todos, que es el mal enfoque de la educación, una educación que no está destinada a los jóvenes, completamente estereotipada y que sólo tiene en cuenta los estudios en sí, pero no al ser humano que los va a recibir o realizar. El resultado es que, o bien los mayores lanzan a los jóvenes, sin preparación ninguna, a un mundo cruel y competitivo, sintiéndose éstos incapacitados para valerse por sí mismos en estas circunstancias, o bien los sobreprotegen y les tienen continuamente atrapados, impidiéndoles probar sus fuerzas y lanzarse a ese mundo en el que tarde o temprano tendrán que desenvolverse. O por exceso o por defecto, el joven resulta con una educación deficiente y no puede manifestarse en el mundo. En líneas generales, los adultos pueden cometer el típico error de reprocharle al joven que ya no es un niño y que tampoco es maduro, lo que equivale a decirle que no es nadie. Ahora se habla mucho de marginados, pero es que, sin querer, nosotros mismos les convertimos en eso, porque ya no saben lo que son. Y del marginado psicológico a la delicuencia práctica, a veces no hay más que un paso. Es romper una barrera que puede ser más o menos grande. Al principio se cuestionaba la autoridad moral de los padres, pero termina por cuestionarse cualquier otra forma de autoridad, con lo que la vida social se imposibilita prácticamente, y el joven no reconoce y no respeta absolutamente nada. Por si esto fuese poco, se explota cruelmente esta situación de la juventud, aprovechando esa facilidad para el entusiasmo que hay en el joven, esa facilidad para odiar y para amar, para lanzarse a las grandes aventuras, explotándosele con una propaganda absolutamente indigna, ya que suele manifestarse en forma de modas, que van desde la vestimenta hasta la formas anárquicas de vida, desde las drogas hasta el ateísmo, desde la táctica de la irresponsabilidad personal hasta el rechazo de cualquier orden establecido.. Una juventud sana no podría ser explotada. Por tanto, hay que prometerle estos mil y un paraísos imposibles que nunca llegan, y que si llegan, siguen angustiando, con lo que sigue habiendo terreno
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para sembrar esta angustiosa propaganda, y seguir creando jóvenes que no saben qué hacer con sus propias vidas. Por si esto fuese poco, surgen las naturales respuestas que no deben extrañarnos en absoluto. Hoy está de moda el pasotismo, pero es lógico, ya que el pasotismo no es más que un grito de angustia, una manera de decir ¿qué puedo hacer?. Cuando el joven busca trabajo, se le pide experiencia. El joven quiere ser mejor, quiere ser distinto, quiere lograr un ideal, quiere formar una familia, pero el único camino es que los padres le hagan un sitio. O si no, hay que esperar mucho, y no se sabe lo que va a hacer ni cuando. Si estudia tampoco tiene la posibilidad, en la mayoría de los casos, de aplicar luego lo que estudia y tendrá luego que hacer cualquier otra cosa para ganarse la vida, para comer. A esa angustia comienza a sumársele otra: se va marchando la juventud, y el joven comienza a darse cuenta de que no ha hecho absolutamente nada. Es lógico ser pasota en estas circunstancias. Y claro está, es lógico dedicarse a la protesta, tanto pasiva y estéril, como agresiva y violenta. Y también están las estadísticas que hablan de la “solución” a la búsqueda infructuosa que es la finalización voluntaria de la propia vida. Antes, cuando se hacían encuestas entre la juventud sobre los aspectos que más le interesaban, destacaban en los primeros puestos los valores estéticos, los valores morales, las necesidades metafísicas y las preocupaciones religiosas. Ahora las encuestas reflejan en los primeros lugares el bienestar personal, el dinero, el amor y luego algunas cuestiones más abstractas. Pero lo primero a destacar es la seguridad, la tranquilidad, el bienestar. ¿Realmente se siente así, o es que se ha ido empujando a la juventud a sentir y pensar de esta manera?. Hay que preguntarse si realmente los grandes sueños de la juventud han muerto. Creemos que no, pero cuesta mucho encontrarlos, y cuesta mucho hacerle confesar a un joven cuáles son sus grandes sueños, ya que los profesionales de las encuestas afirman que los jóvenes no suelen contestar la verdad. Nos inclinamos a pensar que los grandes sueños están, pero hay que saber encontrarlos. Son sueños que eliminarían poco a poco la angustia, pero que para ello necesitan convertirse en realidad. No hay ningún joven que, en lo físico, no guste de la belleza. No hay tampoco ningún joven que rechace la armonía ni el buen gusto. Cuando se rechaza es como protesta y no porque no se ame lo estético. La otra expresión es escupir en la cara a lo que no pueden tener. Todos los jóvenes aman la salud y gustan de sentirse fuertes, pero sin embargo se estropea la salud, se atenta contra el propio cuerpo y se le destroza, como rechazo por pensar que al fin y al cabo no hay nada que hacer. Los jóvenes pueden negarlo exteriormente, pero todos tienen en el fondo sentimientos puros y nobles. Nadie gusta de los sentimientos cambiantes, de lo que es hoy, pero no será mañana, de lo que nos mantiene siempre acongojados, angustiados e intranquilos. Todo joven sueña con la eternidad. Todo joven tiene en lugar privilegiado el concepto de Amor, aunque no lo quiera confesar. Todo joven sueña con cosas limpias, puras, brillantes y maravillosas, aunque no lo quiera reconocer.
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La anarquía y el desorden existen, pero son formas de la angustia. No hay ningún joven que, en lo intelectual, no busque la sabiduría. La inquietud, el deseo de investigación, conocer cada vez más cosas, es algo propio de la juventud. Es como una ansiedad imparable de penetrar en todos los secretos del mundo. El joven quiere saber, pero eso es difícil, porque a veces hay que empezar por quitar velos, borrar la ignorancia y encender antorchas en medio de la oscuridad. A veces hay que descubrir que la ciencia no sólo destruye, sino que también construye, que la investigación nos acerca a las leyes más íntimas de la Naturaleza, que la ciencia-ficción no basta para llenar todas nuestras horas, sino que hay auténticas leyes que podemos conocer sin caer en ficciones. A veces hay que destruir falsos conceptos y descubrir toda la belleza que hay en el arte, con auténticos mensajes, y despejar esas otras farsas que a veces hay que aceptar porque es la moda hacerlo. A veces es necesario demostrar al joven que no es que sea ateo, sino que no hay nada bueno ni noble delante en lo que creer y que hasta la misma imagen e idea de dios se ha visto bastardeada y ensuciada. A veces hay que enseñar al joven que hay que empezar por recuperar la fe en sí mismo, para levantarse luego progresivamente por la escala de la fe en todas las cosas hasta llegar a Dios. ¿Quién no ha querido o quiere cambiar el mundo? ¿Quién no ha soñado con esa revolución constante que nos permita barrer con todo lo malo y con todas las injusticias?. Pero es bueno hacerse a la idea de que esa revolución ha de comenzar por uno mismo; aplicándose a sí mismo al trabajo, a la responsabilidad propia y a una sana ambición que sea una fuerza constante que nos lleve hacia delante. Pero una ambición que no rechace, sino que tome cada vez más en cuenta el respeto por los demás. No hay ningún joven que no sueñe con la felicidad. La felicidad existe y no es simplemente la satisfacción material, ni instintiva, sino algo más con lo que seguimos soñando sin saber exactamente dónde la vamos a encontrar. Decían los estoicos que la felicidad absoluta no se encuentra en esta tierra, pero que no obstante, día a día podemos encontrarla si aprendemos a buscarla con perseverancia, con paciencia, con discernimiento, sabiendo distinguir aquello que nos conviene y aquello otro que no nos conviene. No hay tampoco ningún joven que no sueñe con la libertad, con esa posibilidad de volar, porque libertad para el joven no es hacer cualquier cosa, sino saber qué es lo que se quiere hacer, y a dónde se quiere llegar con lo que se está haciendo. No hay ningún joven que no sueñe con esa libertad interior para la que no existen barreras, para la que ni siquiera existe la muerte. La gran pregunta que ahora nos hacemos es si todavía existen jóvenes. ¿Los hay?. ¿O es que estamos condenados, a ver simplemente niños con cara de adultos?. ¿No produce cada vez mas susto observar en nuestros pequeños una mirada demasiado profunda para sus años, o una seriedad que incluye el reproche, desde los primeros momentos de su vida?. También tenemos adultos vestidos de adolescentes que no han podido superar la angustia juvenil. Hay que salir de esta dualidad perpetua en que vive -sobre todo- el joven, que debe responder por igual a las funciones de su animal instintivo y a sus Sueños más sublimes, consciente
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por un lado de que es capaz de realiza proezas análogas a las de los grandes libros, y por otro de que puede ser también una bestia que se arrastra por el suelo. Hay que acabar con esa lucha. Pero para acabar con una lucha, no hay más remedio que luchar. En un viejo y sagrado texto del Antiguo Oriente, en el Bhagavad Gita, hay un hombre ideal llamado Arjuna, que se encuentra en el momento preciso de la lucha. Va a comenzar a luchar, y tiene que decidirse en ese instante. Sufre desesperadamente. La angustia de Arjuna hace 5.000 años, no tiene ninguna diferencia con la angustia que presentan los actuales tratados de psicología: es la misma desesperación. Arjuna tiene a todo su mundo animal e instintivo a un lado suyo, y al otro, a todas sus sublimes aspiraciones, las más grandes, las mejores. Tiene que decidirse, elegir, romper con el estado intermedio, con la inestabilidad; tiene que pasar la prueba definitiva. Cuando en las viejas civilizaciones a los jóvenes se les sometía a pruebas antes de aceptarlos como adultos en la sociedad, no se obraba de cualquier manera, ni se obraba tampoco para cumplir con determinados ritos mágicos sin ningún significado, sino que se les probaba de forma muy especial. Era la prueba del “atrévete”, “decídete”; era el momento de la batalla, de la elección, de poner en juego el discernimiento. ”Atrévete y es seguro que saldrás victorioso” En los mismos errores señalados como raíz y causa de la angustia juvenil, están las respuestas que buscamos. Tan sólo hay que invertir los errores, darles un sentido contrario y volverlos solución. Soluciones de todo tipo, desde las espirituales, intelectuales, emotivas, físicas y biológicas, hasta soluciones reales, prácticas y concretas. Hay que recordar algo muy importante, y es que más allá de la angustia juvenil, en la juventud radican las máximas potencias; y que para ser joven, no hace falta tan sólo tener un cuerpo joven, sino que hay una eterna juventud que es la del Alma, que tiene la capacidad de manifestarse, siempre y cuando todavía haya posibilidad de soñar, y siempre y cuando haya todavía posibilidad de llevar a la práctica esos sueños. Y hay que recordar también que se es joven, eternamente joven y sin angustias, cuando con sueños y con fuerza para arrastrar los sueños, se aprende a caminar con una antorcha, una vieja y conocida Antorcha que los hombres de antes y los de hoy y los de siempre, llamaremos Esperanza, Esperanza juvenil y no angustia juvenil.

AMOR

Salvador Navarro Zamorano

NO es del amor universal sobre lo que que voy a reflexionar, sino del amor entre un hombre y una mujer. Es tan misterioso, tan inspirador, tan sublime, sigue siendo tan mal comprendido por muchas parejas, que sin duda es la causa del desengaño y la infelicidad. Voy a contar una historia. Había un pueblo en la antigüedad, dividido en tribus, con un conocimiento desigual entre ellas. Pero tenía algunas personas evolucionadas entre sus jefes.. No poseían conocimientos de botánica, ni de biología, pero sí experiencias en armonizarse con el universo de las cosas y captar algunas verdades. Y así escribieron la historia de Adán y Eva. Evidentemente, estos dos seres eran imaginarios, pero la historia era una profunda alegoría. Decían que Dios había hecho caer sobre Adán un sueño profundo y de una de sus costillas formó a una mujer. Eso quería decir el narrador, en su significado profundo, que cuando el ser humano apareció sobre la tierra era bisexual. Por motivos que no vienen ahora al caso, las dos partes, masculina y femenina, fueron separadas.

Pues bien, toda la actividad humana con sus luchas, trabajos y sufrimientos; todos los dramas, romances, intrigas; todas las ansias y aspiraciones, no representan más que la eterna búsqueda de una de las partes por su otra mitad. Y cuando la encuentra nace ese misterioso y divino sentimiento al que llamamos amor. Esa es una ley. Desgraciadamente, en la práctica, la inmensa mayoría de las parejas viven en una relación equivocada, basada en la falsedad. Son uniones transitorias.

Aquellas que viven con su pareja real, saben de qué estoy hablando. Así vemos que los niños ya son educados erróneamente, con la creencia inculcada de que, cuando sean mayores, han de casarse para constituir una familia, y que a partir de una edad pueden salir de casa, ir a fiestas, bailar, hacer reuniones, tener muchas amistades, para terminar escogiendo a una pareja. Nadie o casi nadie recibe la enseñanza de que el amor no se busca, sino que se encuentra, y que buscar el amor como se busca una medicina para una enfermedad, es un desacierto. Para encontrar amor hay que ser digno de él. Nadie enseña que el amor se da sin querer nada a cambio; que es la única cosa que cuanto más se da, más se tiene para seguir dando. Nadie enseña que hay que prepararse para recibir al amor El pueblo ha percibido esto cuando afirma que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. El hombre es como un ejército, ella es como una fortaleza. Nadie es superior al otro, pero son diferentes y se complementan. Toda la vida sobre la Tierra es de naturaleza dual, condición para que la existencia se manifieste. Este es el orden perfecto, cuyo verdadero sentido fue determinado en la Creación. Una pareja es la manifestación perfecta de las leyes naturales y el hombre sabrá que no se casa para tener un hogar, que no se casa para tener compañía, ni se casa para tener seguridad, ni se casa por obligación, ni para tener hijos, ni por cosa alguna que no sea por amor. Solamente de esta forma la unión de un hombre y una mujer será perfecta.

AMOR, PAREJA Y CULTURA

Hay millones de personas que están sufriendo una separación o un abandono y que no encontrarán una respuesta que les calme el dolor. Las únicas cosas que se han probado válidas son los hombros para llorar, los oídos para escuchar, y las recetas para cambiar nuestra bioquímica.

¿Pero necesitamos tanto el amor para arriesgarnos a una relación con menos probabilidades que la quiniela? La respuesta es sí. El amor es necesario e imprescindible. El problema es que no sabemos amar. El enamoramiento La mayoría de la gente cree que el amor de pareja surge con el enamoramiento, la pasión, esa intensidad que nos llena de emociones y nos hace olvidar el resto.

Pues ese apasionamiento antiguamente tenía un antídoto, era el tiempo de noviazgo, en ese tiempo la gente se conocía un poco más y, si aún duraba el poder del vínculo, se iba tejiendo una relación duradera y con amor. Ahora todo se quiere rápido, no tenemos tiempo que perder, y la guía más fiable es el enamoramiento que, en el fondo, es una maraña de proyecciones donde construimos lo que queremos ver. En el enamoramiento lo damos todo a cambio de tener todo lo que anhelamos y que difícilmente el otro podrá dar cuando la relación se vuelva real. Amar es un impulso de cuidar para ser cuidados que nace del corazón, de las entrañas. Si se convive y la relación con el enamorado es cercana, el amor verdadero se va instalando. Se va amando al que se tiene cerca, pero es una sensación mucho más leve que el enamoramiento. A veces hay suerte y cuando se van deshaciendo las brumas de la idealización aparecen personas que se entienden y el amor que ha surgido compensa y tolera las diferencias y los defectos. En cambio otras veces la decepción y la frustración son más grandes que el sentimiento amoroso que se ha engendrado. El escollo más difícil en las relaciones es el contrapunto del enamoramiento, cuando se cae la cortina de la idealización, y empezamos a ver en el otro; primero, todo lo que le falta para ser perfecto; segundo, todo lo que nos cuesta ver de nosotros mismos y que es más fácil verlo en el otro proyectado ya que los hacemos depositarios de nuestras frustraciones; tercero, todo lo que nos hacíamos solitos ahora tenemos en quien descargarnos, toda nuestra autoexigencia, desvalorización, crítica culpabilizadora, ahora podemos dejar de ser un poco el problema para tenerlo en frente. De la ceguera del enamoramiento a la ceguera de la desilusión. Y el amor verdadero ha ido creciendo con el roce, con la presencia, con la participación en la vida del otro. El enamoramiento ha muerto !Viva el amor! ¿Qué es el amor?


Lo que llamamos amor es ese conjunto de emociones que nos hacen cuidarnos, estar juntos, es ese influjo que hace que uno esté mejor en presencia del otro. Esto sucede porque una parte muy importante de nuestro sistema nervioso, el cerebro límbico, propio de los mamíferos, se dedica principalmente a regular nuestra fisiología en función de la presencia de otros seres.

Las emanaciones emocionales de la otra persona, sus gestos, miradas, olores, sonidos y un largo etcétera de comunicaciones se entretejen en una costumbre, en una adaptación mutua que moldea a los implicados. star con el otro nos sienta bien porque estamos programados genéticamente para estar bien con el otro. El primer amor es el del bebé con sus padres que como decíamos se moldean, aunque sobre todo el bebé se construirá emocionalmente con la predisposición a estar bien con las características de sus padres. Estos condicionantes determinarán que con ciertos tipos de persona será mas fácil esta compenetración amorosa, habrá encajes límbicos que favorecerán más el amor. En síntesis: el cómo nos han amado determina en cierta medida cómo amaremos, si hemos sido bien amados también sabremos amar mejor. Para nuestra fisiología amar no es una tarea, no depende de la voluntad, es una función, como el sistema digestivo, o sanguíneo o respiratorio.

El sistema límbico nos armoniza a través de los otros, por eso el amar no se hace, surge. Al igual que dos personas que han aprendido el mismo idioma pueden comunicarse hablando, si encontramos resonancias límbicas o, dicho de otra manera, formas de amar que se compenetren, estas dos personas sentirán el amor más fácilmente. Surgirán nuestros patrones que serán adecuados para unos y para otros no. Intentaremos encontrar parejas que cumplan los requisitos mínimos de nuestras experiencias infantiles, habrán relaciones en las que nos sentiremos como en casa, aunque en casa nos hayan maltratado, nos sentimos mejor estando en casa.

Mejores experiencias infantiles, mejores experiencias adultas. Pero no todo se cierra a este casi determinismo. Amar es un proceso constante que también nos va influyendo durante la vida. Las relaciones amorosas nos abren a resonar y a empatizar limbicamente, siendo posible rectificar ciertos patrones insanos por relaciones donde el intercambio de cuidados tiende a la armonía. Una de las vías de sanación emocional son los procesos terapéuticos, donde la capacidad de amar del terapeuta es la influencia sanadora que a veces, no siempre, despierta una nueva capacidad de relacionarse.

Esta tendencia a estar con el otro o los otros, eso que llamamos apego o dependencia, son impulsos mal vistos, como si mostraran ciertas debilidades o aspectos vulnerables, y lo cierto es que estos sentimientos son genuinos y necesarios, la relación con otro ser límbico genera un entrelazamiento de dos fisiologías, dependen una de la otra para estar reguladas. Cuando esto no es así, cuando una madre deja a su hijo o cuando un amante abandona a su amado, el dolor no es fantaseado, es real, hay receptores nerviosos que envían la información de dolor al cerebro. Y si hay dolor es porque esa ruptura no es buena para la forma de supervivencia de los mamíferos. Es un error pensar en fomentar la autonomía a fuerza de voluntad. Es como forzar a un niño a no tener miedo.

Se dan mejores resultados cuando se reconoce la necesidad de cobijo y protección y se espera a que madure su confianza. Que las personas se necesiten es el núcleo de las relaciones de pareja. La depencencia emocional es real en mayor o menor medida, segun como nos hayan amado en la infancia y también según nuestra tendencia innnata al apego. Hay fisiologías límbicas más sensibles, que necesitan más calor, más contacto, más miradas, más presencia. Hay otros sistemas limbicos que son más autónomos, menos dependientes, por eso es difícil poner una division dónde empieza lo genetico y dónde lo aprendido. Lo que parece verdad es que casi todo el mundo encuentra una relación complementaria parecida a la que tuvo en su infancia. Las fisiologías límbicas más dependientes tienden a sufrir más, son más sensibles a los abandonos, su sistema nervioso detecta rápidamente las ausencias y dispara las alertas. Se sufra más o menos el amor siempre tendría que ser un antídoto, pero no siempre es así. ¿Qué es eso que nos interfiere y complica nuestra tan deseada relación afectiva?. La cultura que individualiza La naturaleza inventó a través de los humanos una transmisión de conocimiento que además de la emoción necesita el lenguaje y la educación, es ese trasvase de conocimientos al que llamamos cultura. El soporte fisiológico sería el cerebro cortical que es filogenéticamente posterior al cerebro límbico o emocional. La cultura, que es una especie de código genético externo al cuerpo, es la que transmite las fórmulas que han sido útiles para la supervivencia. Por ejemplo, construir una lanza o hacer un fuego fueron determinantes en la supervivencia de nuestra especie, y estas habilidades no nos nacen espontáneamente como un instinto, es el aprendizaje a través del grupo que transmite conocimientos a la generaciones posteriores. Encontramos en la cultura un mecanismo mucho más flexible que el de la selección natural pues se basa en la experiencia (memoria) y en la anticipación (asociación). La cultura es el escenario donde la evolución de la especie ha llevado al individualismo, tener conciencia de nosotros mismos. Se asocia este peldaño evolutivo a los rituales funerarios de los primeros homínidos que se cree ya tenían conciencia de ser algo individual que perduraba mas allá de la muerte. Como refleja la historia mitológica de Narciso al reconocer su imagen en el reflejo del agua, nosotros confundimos eso que sentimos ser al asociarlo al cuerpo que se muestra a los otros. En esta construcción de un sí mismo la voluntad se ha vuelto individual. Ya no solo cuenta el grupo como ha sido a lo largo de la historia, ahora también cuenta cada partícula, cada individuo, cada ego. Cada ego busca su satisfacción, (sistema nervioso cortical) y lucha por controlar sus instintos, diseñados para la supervivencia de la especie (sistema limbico y reptiliano). Esto contrapone los dos cerebros, uno busca la satisfacción de esa partícula que tiene conciencia de sí misma, y el otro tiende a equilibrarse con los mecanismos de supervivencia grupal. Dos sistemas, un conflicto.

Los dolores emocionales aunque sean pequeñas frustraciones en las relaciones de pareja son procesados por el individuo como experiencias a desechar, que atentan a su satisfacción y que se alejan de esa construcción cultural llamada felicidad. A la pareja se le carga con la responsabilidad de dar la felicidad esperada. Realmente es la única vía de sentirse completo y a la vez, se lleva la culpa de la infelicidad porque la pareja nos aleja del ser individuos, nos conecta con la fragilidad de la dependencia. La dependencia nos enfurece pues ya no somos nuestro propio rey. El individuo actual lucha por ser autónomo en todas sus necesidades, busca la satisfacción sin depender de nadie, pero cuanto más se acerca a la soledad más se desvitaliza y sólo queda un ego pequeñito en su trono de prozac. La pareja La pareja en estos momentos en nuestra cultura es un camino de sufrimiento y también de conocimiento. Lo importante es que no sólo haga de espejo de nuestra imagen sino también que nos devuelva una referencia de como vivimos nuestro mundo emocional, que nos ayude a reconocer el vínculo que nos alimenta, a valorarlo, a confiar en la emoción y en su parte temida, el dolor. Debemos apostar por el sentir, sabiendo que cada vez somos más complejos y más vulnerables. Nuestros umbrales de dolor cada vez están más malcriados, pero depende de nosotros apostar por lo que realmente nos llena, por las raíces, por dar estabilidad al árbol. La pareja llena una necesidad. Para nuestros egos tan aislados el refugio amoroso del vínculo es agua bendita.

Pero cuando trozos de nuestras fronteras se confunden con el otro, se friccionan, se empujan, se limitan, empiezan las patologías conyugales. Hay parejas que funcionan como si fueran una sóla persona, donde no se reconocen a través del otro sino que se pierden en el otro. También están las parejas enquistadas en luchas de poder, porque se están defendiendo constantemente de la invasión afectiva, como si el otro quisiera neutralizar su individualidad. Otras veces la lucha es puramente un intento de apuntalar los propios puntos de vista en el seno de la pareja dejando lo afectivo escondido dentro de cada uno. Tenemos dos ejes que tejen las diferentes patologías, desde dos mentes frías y convenientes que se juntan por pura logística, hasta los apasionados te odio-te amo de las relaciones autodestructivas. Lo que determina en gran medida estos ejes son los cerebros límbico y cortical.

Si funcionan en un difícil pero posible equilibrio hay un reconocimiento, aceptación y regulación de las emociones, pudiendo dar una satisfacción adecuada a las necesidades límbicas de apego, amor, seguridad, fusión, dependencia, contacto, protección. Compaginado este compendio de necesidades del corazón con las necesidades del sistema cortical de satisfacer el ego, es donde pueden desarrollarse parejas equilibradas, las personas que a través del amor al otro se cuidan a sí mismas, las personas que reconocen su propia fragilidad y valoran la presencia del otro, las personas que reconocen que las demandas de su ego no son las mejores para el bien común, son personas con más posibilidades de que se estabilicen en una relación.


Hemos intentado explicar como el individualismo en la cultura ha creado una construcción que llamamos ego, que tiende a su propia satisfacción y no reconoce las necesidades profundas y emocionales de la persona y por lo tanto tampoco reconoce la comunicación límbica como soporte de una relación de pareja. Por otro lado también tenemos las dificultades propias de cada persona de amar y ser amados según hayan sido sus experiencias tempranas, con el agravante de que en nuestra sociedad el dominio de individualismo ha mermado la presencia y la capacidad de amar de los padres con lo que las nuevas generaciones se están desarrollando con un sistema límbico mal regulado y que buscarán pareja con la misma resonancia a la que se acostumbraron. Que el sistema límbico está mal regulado es evidente en la cantidad de ansiedad y depresión actual. Sociedades más primitivas mantienen costumbres que son más sanas para este sistema emocional.

Es prioritario a nivel social y a nivel individual hacer un cambio hacia la integración de estos dos mundos. La ambición del ego y del sistema cortical deben reconocer las necesidades y fragilidades de nuestros antecedentes filogenéticos, esto supone bajar de la mente al cuerpo, empezar a ser cuerpo y sus sensaciones, empezar a confiar en lo que la sabiduría milenaria de nuestra especie nos expresa a través de nuestro cuerpo y darle a la cultura y a la demanda social un papel de igual importancia a la de nuestros instintos. El ego siempre ha querido conquistar el espacio mientras sus hijos lloraban, y cuanto más llanto más lejos se quiere ir. El mejor antídoto que se conoce para el ego es la humildad Y acabo con una cita del libro que me ha inspirado en estas líneas: "Una teoría general del amor" (Lewis, Amini, Lannon). Tres psiquiatras americanos han sintetizado de una forma global el conocimiento que se tiene actualmente del amor desde un enfoque científico humanista.

 “Como amar es una influencia fisiología recíproca, supone una conexión más profunda y literal de lo que muchos creen. La regulación límbica permite que los amantes tengan la capacidad de modular las emociones, la neurofisiología, la función inmunitaria y hormonal, los ritmos del sueño y la estabilidad del otro” “El mito imperante que más llega a los oídos contemporáneos es éste: las relaciones son al cincuenta por ciento. Cuando una persona hace algo bueno por otra, tiene derecho a recibir algo igualmente agradable, cuanto antes mejor, según los dictados de esta ciencia errónea.

 La fisiología del amor no es un trueque. El amor es una regulación mutua simultánea, donde cada persona satisface las necesidades del otro, porque nadie puede satisfacer las propias por sí mismo. Este relación no es al cincuenta por ciento, es al ciento por ciento”

AMAR AL PRÓJIMO - La Revolución Pendiente

La génesis de todos los males de la sociedad, y lo que nos ha llevado a la crisis global actual, es nuestra evidente “incapacidad para las relaciones humanas”. Es decir, nuestra limitada capacidad para amar, la incapacidad para obedecer el mandamiento cristiano de “amor al prójimo como a uno mismo”, es lo que nos impide mantener relaciones verdaderamente fraternales y solidarias con los que nos rodean. Por Jaime Riera Pérez Nuestra cultura se enorgullece de ser científica, en nuestra civilización prevalece el pensamiento racional e intelectual, y con frecuencia se considera el conocimiento científico como el único aceptable. Esta preferencia ha conducido a un profundo desequilibrio cultural que se halla en la base misma de las actuales crisis económicas, ecológicas, sociales y personales, las cuales presentan la perspectiva propia del patriarcado -en la organización de la sociedad y de la mente humana- como único origen del capitalismo, la degradación de la mujer, el expolio de la tierra, la alienación, la incapacidad para la paz... Pero la génesis de todos los males de la sociedad y lo que nos ha llevado a la crisis global actual es nuestra evidente “incapacidad para las relaciones humanas”. Es decir, nuestra limitada capacidad para amar, la incapacidad para obedecer el mandamiento cristiano de “amor al prójimo como a uno mismo”, es lo que nos impide mantener relaciones verdaderamente fraternales y solidarias con los que nos rodean, y de ahí toda una serie de problemas. El economista E.F. Schumacher ya indicó “no existe un problema económico, lo que existe es un problema moral”. La falta de moralidad o, lo que es lo mismo, la falta de espiritualidad, reside en la incapacidad de amarnos a nosotros mismos, debido a la obsoleta escala de valores de la sociedad patriarcal en la que nos ha imbuido la civilización judeo-cristiana.

 Pues en la organización patriarcal de la mente impera un régimen de funcionamiento en el que el Padre-Dios social (presidido por la institución del Estado) dice cómo, cuándo y de qué manera tenemos que sentir, pensar y vivir. Y la estupidez o ignorancia humana lleva a considerarnos malos y culpables -bajo las amenazas de perder la salvación eterna-, además de temerosos e inseguros -bajo las posibles represalias de automarginación sicológica y social-, si desobedecemos los mandatos. La causa profunda de este autoritarismo es, principalmente, el racionalismo. La cultura racionalista es elitista, porque en su afán de monopolizar el conocimiento humano ha creado unos vocabularios de conceptos -con sus correspondientes manejos técnicos- que son inaccesibles para muchísima gente. Sólo podrán usarlos y argumentar aquellos que previamente superen los procesos de aprendizaje y selección intelectual hasta convertirse en parte de las élites científicas y filosóficas, que dominan el pensamiento actual. Cualquier élite, sea del tipo que sea, perjudica seriamente la libertad e igualdad entre los humanos. Obviamente, el elitismo es inevitable en los momentos de cambio; todo paradigma, todo progreso, ha comenzado en la mente de unos pocos, pero luego el pensamiento a de pasar al dominio público o se convertirá en un instrumento de dominación... como así ha ocurrido en la civilización judeo-cristiana. La revolución, en la que todos tendríamos que involucrarnos, como vía de salida del patriarcado, es asumir una actitud de “desobediencia civil” frente a los poderes fácticos religiosos, políticos y militares. Previamente a ello es necesario atravesar un proceso de liberación interior. Ser capaces de escuchar y obedecer a la Conciencia Universal -Crística, Búdica o como se la quiera llamar-, en el propio corazón es algo que requiere en el individuo un proceso psicológico y espiritual que puede llevar tiempo, ya que el humano ha sido siempre especialmente lento para aceptar ideas y experiencias ajenas en detrimento de la supremacía de las propias, pero, queramos o no, sólo a través del amor a sí mismo puede el individuo ser capaz de amar a los demás, y sólo a través de la restauración del vínculo amoroso original perdido en los juegos de la falsa individualidad egoica -desarrollada ésta por el pensamiento racional e intelectual- puede amarse a sí mismo.

Esta desobediencia civil tendría una notable influencia política y social al ser un reflejo consciente y consecuente de la autoliberación interna de los perniciosos condicionantes sicológicos con los que la actual cultura judeo-cristiana hipnotiza para que evitemos el sentido de la responsabilidad personal y deleguemos nuestros poderes a las múltiples autoridades externas al individuo, que continuamente lo representan en detrimento de la primacía de la creatividad personal sobre la tradición establecida y del énfasis en la expansión y trasmisión de la conciencia por encima y más allá de las ideologías y filosofías impuestas por las susodichas autoridades. Además, ¿a quién pertenece la autoridad, sea religiosa, política o intelectual? En cada casa existe algo que es superior a cualquier autoridad familiar o social: es la religión doméstica -ya desde los albores de la Humanidad el hogar fue el primer altar-, es, y parafraseando al humanista y vidente Cayetano Martí, “esa mezquita, pagoda o iglesia... verdadera que se encuentra en cada casa obrera con Alá, Buda o Cristo... en el corazón” ;esa divinidad interior es la autoridad indiscutible. Pero nuestra civilización, “apostasiando” de la naturaleza, ha hecho oídos sordos a esta autoridad y le llevará años comprender que religión no es lo que ocurre en los edificios construidos por los hombres, sino algo que ocurre en un espacio interior, profundo... llamémosle, por ejemplo, la autocapacidad de amar sin intereses y sin limitaciones. El amor incondicional, y en la medida en que lo experimentemos por influencia del proceso de autoliberación egoica, es el único instrumento para desestratificar la conciencia individual hasta originar que sus elementos femeninos y masculinos se unificasen equilibrada y armoniosamente, dando paso a la creación de una nueva realidad, tanto en las formas sociales como personales, y así podremos llegar a observar un cambio del pensamiento racional al intuitivo o espiritual, del análisis a la síntesis, del reduccionismo al holismo, del pensamiento lineal al no lineal; lo que, por consecuencia, produciría en el sistema de valores el correspondiente cambio de la competición a la cooperación, de la cantidad a la calidad, de la expansión a la conservación, de la dominación y el control a la no violencia.

ACTITUDES QUE NOS LLEVAN AL BIENESTAR

La característica del Sabio, de una persona esclarecida y con personalidad desarrollada, es la ausencia de esfuerzo. No es que realmente no haga nada, sino que no es una persona que haga las cosas compulsivamente, y cuando actúa lo hace realizando una respuesta necesaria ante la situación, ni más ni menos. Su única disciplina es fluir por la vida, adaptándose a las condiciones cambiantes; tal como el agua se adapta al recipiente. Para los taoístas este estado de unidad con la vida se le llama "morar con el Tao" y en la Biblia, se representa por el "Jardín del Edén". Adán y Eva fueron seducidos por la serpiente y expulsados del Paraíso. Desde entonces nos hemos sentido exiliados y tratando de volver a casa. Esta serpiente que nos seduce y que por ella se nos expulsa del Edén es la mente. Un Sabio no es controlado, manipulado o abatido por la mente, puede utilizarla para sus propias funciones y dejarla a un lado cuando no sea necesaria. A diferencia de la mayoría de nosotros, esta persona no cree todo lo que se dice a sí misma, pone la mente bajo control y ésta le sigue como un perro bien entrenado sigue a su amo. El conseguir lo que en budismo Zen se llama "sin mente" supone tal bendición y dicha, que innumerables personas en todas las épocas, y en la actualidad, trabajaron duro para conseguir ese tesoro. Los maestros de todas las épocas han dado indicios sobre cómo poner a la mente bajo control. Basados en sus propias experiencias de lo que funcionó para ellos, cada uno puso énfasis en un enfoque diferente. Pero estas técnicas de meditación tienen mucho en común. En primer lugar, ninguna busca abordar a lamente directamente, porque combatirla es hacerla más fuerte. De hecho, una parte de lamente estaría combatiendo ala otra, de modo que nos fragmentaríamos aún más. Más que resistir a los pensamientos, los permitimos y los observamos ir y venir. Este "simple observar", o "presenciar", es la actividad más pasiva en la que puede comprometerse un ser humano. Es lo contrario que "hacer". Otro punto en común es que obligan a la mente a ir más despacio. Cuando la noria va más despacio es más fácil bajarse de ella. Aparecen claros en la sucesión de pensamientos, como retazos de cielo azul tras las nubes, y a través de estos claros nos introducimos más fácilmente en la paz del estado Alfa, en el bienestar. Y sea cual sea la técnica utilizado el final es el mismo. Los senderos que se han hallado para llegar a este bienestar son los siguientes, y más adelante describiré alguna técnica de meditación que los incorporan. Presenciar. La esencia de cualquier forma de meditación es prestar atención pasiva, relajada. Es un estado abierto de consciencia, una "expansión para incluir" y un "permanecer en contacto" en un nivel de sentimiento con todo lo que se esté presenciando.

Pertenece al hemisferio cerebral derecho, lo que la hace más femenino y menos masculino. Permite que el objeto que se presencia sea tal como es... y sentirlo. Es lo contrario de la concentración, es la diferencia entre devanarse los sesos para encontrar el nombre de una flor y simplemente permitirnos disfrutar el olor de su presencia y de su fragancia.

Al mismo tiempo que prestamos atención relajada, sin crítica, a todo lo que presenciamos, también somos conscientes de nosotros mismos como un testigo, como si el punto desde el cual estamos presenciando se hallase a medio camino entre nosotros mismos y la flor. El efecto de presenciar es expandir nuestra consciencia "poniéndonos fuera de nosotros mismos", contrarrestando la tensión y la contracción de la consciencia que acompaña al hecho de estar preocupados con nuestros problemas. El meditador, sentado o en movimiento, simplemente presencia su propio proceso de pensamiento sin llegar a implicarse en el pensar. Los pensamientos llegarán: las preocupaciones emergerán a la superficie y buscarán arrastrarnos a un estado de inquietud; los recuerdos tratarán de hacernos caer en la añoranza del pasado; los pensamientos sobre nuestros compromisos y programas nos atraerán hacia pensar en el futuro y en todas las cosas que tenemos que hacer. También las emociones y las pasiones nos intentarán arrastrar, pero el meditador se siente firme, como el observador sobre la colina, observando el ir y el venir de un modo indiferente y distante. Al principio, hasta que cojamos el truco (que es todo lo que es la meditación), perderemos el espacio de testigo repetidas veces cuando un pensamiento logre seducirnos fuera de él, y unos minutos más tarde encontraremos que nos hemos perdido al seguir una línea de pensamiento. De modo que tendremos que regresar para presenciar una y otra vez, sin culparnos, o más bien, incluyendo en nuestro espacio de testigo la parte de nosotros mismos que se impacienta con estos vacíos de consciencia y desinterés. La meditación llega a ser más fácil con la práctica. Recordemos que meditar es romper un hábito de toda una vida de dejarnos arrastrar hacia donde nos llevan nuestros pensamientos y sentimientos. La meditación es como entrenar a un animal: se necesita tiempo, paciencia y delicadeza antes de que la bestia capte el mensaje de que ahora tiene un amo y no puede hacer lo que quiera. Las meditaciones que se basan en presenciar son las más difíciles para permanecer en ellas pues las recompensas (tranquilidad, paz, dicha) sólo llegan con una persistencia tenaz que no sea vencida por el aburrimiento, por las molestias, y el deseo de estar en cualquier otra parte que no donde se está, siendo atormentado por la propia mente de uno/a. Centrarse en una cosa. Para que la mente trabaje más despacio, la frecuencia de las hondas cerebrales desciendan a Alfa y cambiemos del hemisferio izquierdo al derecho, le damos a la mente algo para que se ocupe de ello, de modo que al menos deje de saltar de un lado para otro. Esto no quiere decir concentrarse, sino más bien centrarse en la consciencia de uno y prestar atención pasiva a una cosa a la vez, más que estar disperso/a, distraído/a por pensamientos de esto, de eso y de lo otro. Escuchar. Es una experiencia común que cuanto más alterados estamos, menos escuchamos. El escuchar adecuadamente nos hace entrar en el estado meditacional. Una de las meditaciones más simples consiste en relajarse y escuchar música (mejor instrumental, barroca o New Age) o los sonidos de la naturaleza (por ejemplo agua que fluye, el mar, el canto de un pájaro...).

También el cantar o repetir un mantra puede ayudar a la meditación y tener un efecto purificador.

Contemplar. No hay ninguna duda de que la devoción y la oración son eficaces para muchas personas y obtienen de ellas dichosos momentos de paz que las alejan de las preocupaciones e inquietudes de la vida cotidiana. Con total independencia de las creencias religiosas, tanto la fe que acompaña a la oración como el descenso de energía desde la cabeza hacia el corazón que acompaña a la oración nos llevan al bienestar. Contemplar es simplemente dejar que nuestros ojos descansen fijamente sobre algún objeto escogido y sentirlo, llegar a serlo. Cada persona debe elegir el objeto de su contemplación, puede ser una vela, una flor... El contemplar debe hacerse de una forma relajada, no tenso, manteniendo la mirada serena, más que concentrada. Normalmente eliminamos un montón de energía a través de nuestros ojos e incesantemente recibimos información sobre nuestro entorno a través de ellos. Al restringir el movimiento de los ojosa un objeto, automáticamente reducimos la información que se da a la mente para que la procese, y por consiguiente, ésta tiene que limitar su parloteo al objeto que está siendo contemplado. Muy pronto agotará lo que tiene que decir y se quedará callada. Centrarse en el aquí y en el ahora, en el presente. Podría decirse que centrarse en el aquí, en el ahora, en el presente, es el objetivo de la meditación, pues cuando estamos verdaderamente en el momento presente, experimentando lo que es de manera directa a través de nuestros sentidos, la mente se detiene. Esto sucede porque nuestras mentes son como filtros entre nosotros y la experiencia directa del momento presente, lo que está ocurriendo ahora. Nosotros estamos donde está nuestra atención, y si está en otro lugar o en otro tiempo, no podemos estar aquí y ahora. Nuestros cuerpos pueden estar(aunque si nosotros no somos conscientes de ellos entonces, existencialmente, no existe, al menos en nuestra consciencia) pero nosotros no estamos. Permanecer en el momento presente y permitirnos experimentar y responder a lo que está sucediendo ahora en el nivel de los sentimientos (por ejemplo en el hemisferio derecho del cerebro) más que quedarnos en el pasado o el futuro (hemisferio izquierdo del cerebro) es a la vez una disciplina y un objetivo. Impactar en un discípulo que está viajando con la mente sacándolo fuera del pensamiento hacia el ser (y estar verdaderamente presentes) es virtualmente todo lo que hace un Maestro zen. El centrarse en el presente atañe a las frescura: se refiere al hecho de desautomatizarnos de los viejos hábitos, contemplando lo que está sucediendo a nuestro alrededor y en nosotros mismos con ojos puros y responder a las situaciones de un modo que no sea mecánico y que convine espontaneidad con resultar apropiado. Cada momento no vivido plenamente no es más que un empobrecimiento de la calidad de nuestras vidas.

 Conciencia de respirar.


Nuestra forma de respirar y nuestros estrados mentales se hallan muy estrechamente conectados. Sólo hay que pensar en la respiración regular y profunda del sueño, en el jadeo de alguien que está muy asustado o en la suspensión de la respiración de alguien que se encuentra profundamente impactado. La respiración es un medio para centrar nuestra consciencia en el presente y en nuestro cuerpo. Los ejercicios de respiración también elevan el nivel de energía en el cuerpo. Llegar a ser y seguir siendo conscientes de nuestra respiración es una de las técnicas de meditación más sencillas. Una vez más, esta técnica funciona para aquietar la mente. La regularidad y el ritmo de la respiración tiene un efecto calmante y disminuye la velocidad y disminuye la velocidad del proceso del pensamiento. Si tenemos un traspié en la cuenta de cada respiración y caemos en la trampa de seguir una línea particular de pensamiento, lo advertimos de inmediato y podemos abandonar los pensamientos para retomar la cuenta. Tal vez, lo más importante es llegar a ser conscientes de que respirar nos recuerda que tenemos un cuerpo. Conciencia del cuerpo. Una cosa que sucede cuando estamos ocupados en el mundo exterior o preocupados con nuestros pensamientos es que perdemos conciencia de nuestros cuerpos. Toda nuestra energía se dedica a aquello a lo que estamos prestando atención, ya sean cosas o pensamientos. Es como si nuestros cuerpos dejasen de existir temporalmente y mientras sólo fuéramos cabezas parlantes. Cuando meditamos y desconectamos la mente, la energía tiene que ir a alguna parte y comienza a ir hacia abajo. De nuevo llegamos a ser conscientes de nuestras sensaciones corporales, de nuestro cuerpo. Uno de los objetivos al adoptar la posición de sentado es que detiene el escape de energía. Al no tener ningún lugar al que ir excepto hacia adentro y alrededor del circuito corporal cerrado que hemos formado al sentarnos (con las manos juntas), la energía se intensifica. Nos sentimos recargados, con más fundamento y más centrados. Con más consciencia de nuestro cuerpo no sólo nos sentimos más vivos, sino también más relajados. Pues consciencia corporal es lo mismo que relajación. Relajar el cuerpo ayuda a relajar la mente. Es así pues en realidad el cuerpo y la mente no están separados, somos Mentes-cuerpos. Es muy importante cultivar la conciencia corporal como un sendero para aquietar la mente, hasta llegar a lo máximo en relajación:una liberación de toda la ansiedad y tensión, viviendo plenamente el momento. Movimiento. El movimiento tomado como meditación se encuentra en muchas tradiciones milenarias. Existe un movimiento impensado, inconsciente, dormido y un movimiento consciente, centrado en la consciencia corporal y en el presente, que es la esencia de la meditación.

Desde el Tai-Chi a la danza sufí, pasando por hacer jogging, nadar en la piscina o simplemente estar en el parque o fregar los platos, podemos meditar y hacer descender nuestra energía de la cabeza al cuerpo y disminuir las ondas cerebrales desde las frecuencias Beta hasta Alfa,, volviendo a llegar a nuestros sentidos desde el funcionamiento del hemisferio izquierdo hasta el derecho.

Centrarse.

Practicar la meditación es recordarnos lo que realmente somos. Pues, sino somos nuestras mentes (y si somos capaces de observar nuestros pensamientos quiere decir que estamos separados de ellos), entonces ¿quienes somos? En forma similar, por la misma razón no podemos ser nuestros cuerpos, o nuestros sentimientos: podemos observarlos, por lo que debe existir distancia entre nosotros y ellos. Formularnos repetidamente la pregunta: "¿Quién soy?" es una técnica de meditación en sí misma. Así como no somos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos o nuestros cuerpos, de ese modo también logramos darnos cuenta con esta técnica de meditación inexorable que no hay nada más que eso, y que existencialmente podemos decir que somos. En nuestro nivel más profundo no somos nuestros nombres, o cualquier otra de las etiquetas que la sociedad nos ha puesto, como "hombres", "mujeres", "clase media", etc. Ésas son las posiciones que ocupamos en esta vida y, de ninguna manera, en el interior del cuerpo que es nuestro vehículo.

No somos ni ricos ni pobres: eso es lo que tenemos o no tenemos. Tampoco somos médicos, maestros, fontaneros, amas de casa o funcionarios: eso es lo que hacemos, no lo que somos. Por último no nos queda nada, o al menos nada sobre lo que podamos poner nuestras manos. Si nos sentimos aturdidos, es positivo, pues la pregunta "¿quién soy?" es exactamente eso, aturdimiento de la mente: no hay respuesta. Yo sé que "soy", pero quién soy, como la Vida misma, es un misterio.

 Al final, cuando hemos abandonado nuestras falsas identificaciones sólo hay esencia, "ser", y en consecuencia no hay separación de Dios, la Vida, o como quieras llamarlo, quien también está libre de todos los nombres, desprovisto de todas las formas. Tenemos consciencia vacía de nosotros mismos, consciencia pura, una subjetividad inexpresable para la cual todo lo demás es un objeto, no sólo el mundo exterior (incluyendo nuestros cuerpos) sino también el mundo interior del pensamiento y del sentimiento. Y el modo en que nos damos cuenta de esto simplemente es éste: "estar tranquilo y saber que yo soy Dios, que yo soy la Vida". En la tradición hindú el meditador se recuerda a sí mismo: "tú eres eso" y resiste la tentación de quedar atrapado en la identificación falsa repitiendo el mantra "neti, neti" ("no esto, no esto"). Teniendo en cuenta que debemos mantenernos cuerdos en un mundo enloquecido, recordándonos quienes somos realmente cuando nos sentimos estresados, agobiados por nuestros problemas y generalmente tomándonos las cosas demasiado seriamente, es como regresar a un navío estable, y en eso consiste centrarse. También es recordar que: "esto también pasará" y que la Vida es un misterio para ser disfrutado no un problema para resolver.

ACTITUDES POSITIVAS

Todo depende de cómo se vean las cosas La tendencia a ver el lado negativo de las cosas y la tendencia a ver preferentemente el lado positivo son actitudes que no sólo influyen en nuestros estados de ánimo sino que terminan afectando a los resultados de lo que hacemos. Es ya un tópico describir a los optimistas como pesimistas mal informados, o como ingenuos que no captan todos los aspectos de la realidad, o como ilusos que antes o después se rendirán a la evidencia de que la vida es un cúmulo de problemas tan frecuentes como de difícil solución. Pero ser optimista no equivale a ser frívolo o inconsciente. Optimista es quien percibe lo bueno de cada circunstancia y quien a partir de esa percepción es capaz de optimizar las posibilidades que cada situación plantea. Una de las verdades más profundas de la psicología humana la refleja el viejo proverbio de que “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Una misma situación percibida por dos personas puede adquirir una dimensión muy diferente. No se puede afirmar categóricamente “esto es así", es más adecuado el planteamiento “yo esto lo percibo así”, porque la forma en que hemos aprendido a interpretar la realidad va a condicionar nuestro estado de ánimo y éste el enfoque que daremos a nuestra vida. En realidad, existen casi tantos puntos de vista como personas, en tanto que cada uno somos diferentes de los demás. Pero en una clasificación muy sencilla y quizá un poco reduccionista podemos distinguir entre optimistas y pesimistas. Las personas pesimistas interpretan la realidad desde su lado más negativo, y las optimistas perciben lo mejor de cada situación, lo que no quiere decir que ignoren lo malo. El pesimista no sólo tiene el sufrimiento garantizado, sino que con su actitud difícilmente va a aportar soluciones constructivas a los problemas. En cambio, los optimistas tienden a vivir más felices y superan con más facilidad las complicaciones. Dos tipos de actitudes Las actitudes de clausura las mantienen quienes perciben las dificultades como amenazas, quienes cierran la puerta a las soluciones, se enclaustran en lo dramático y ven, sobre todo, la dificultad. Al contrario, las actitudes de apertura son propias de quienes viven las dificultades como problemas a resolver, buscando la salida más eficaz posible.

Cuando se encuentran en una apuro, no pierden mucho tiempo en lamentarse y se dedican a hallar las salidas al problema. Hay que elegir Simplificando, se trata de optar, de decidir qué tipo de pensamientos y actitudes nos resultan más convenientes. La vida cotidiana se empeña en proporcionarnos a menudo situaciones difíciles de sobrellevar y de superar. Esto nadie lo duda. Pero el pensamiento positivo nos ayuda a gestionarlas, porque es constructivo y enfoca las relaciones humanas de una manera más equilibrada, ya que se basa en la convicción de que todo puede ir mejor si nosotros ponemos de nuestra parte una actitud positiva. Ser pesimista amarga el carácter y enturbia nuestras relaciones. Además, esta actitud habitualmente esconde la falta de confianza en uno mismo y en los demás. “Qué más quisiera yo que ser optimista, pero la vida me ha hecho ser realista”. Esta afirmación casi siempre oculta una renuncia al cambio, que se basa en que las personas son como son y en que es inútil esforzarse por cambiar el carácter y la actitud de la gente. Nada más falso. Hay que reconocer que todos tenemos un componente genético difícil de modificar, pero la personalidad se compone también de conductas aprendidas y sobre estas sí se puede actuar. En eso consiste el proceso de mejora de la personalidad que, aunque en lo básico se construye en los primeros años de vida, puede cambiarse. Por mucho que creamos ser de un modo determinado, si echamos un vistazo a nuestros cinco o diez últimos años de vida contemplaremos cómo han evolucionado nuestras actitudes ante los diversos acontecimientos ocurridos. Y si la vida nos cambia, normalmente, a más serios y circunspectos, ¿por qué no podemos modificar voluntariamente nuestra manera de ver las cosas, para poder vivir más positivamente? Hablar con uno mismo Víktor E. Frankl, un psiquiatra, cuenta en “El hombre en busca de sentido” las peripecias de un colectivo de judíos prisioneros en campos de exterminio nazi, liderados por el propio Frankl, que cada día buscaban (y encontraban) motivos para seguir vivos y mantener la esperanza. Frankl continuó investigando sobre las actitudes positivas como medio de supervivencia y acuñó el término logoterapia, un método terapéutico que utiliza como elemento de curación la capacidad que todo individuo tiene para pensar, hablar y hablarse a sí mismo, en positivo. La clave es restringir los pensamientos negativos y fomentar la fe en nosotros mismos, buscando en cada momento la respuesta más conveniente a nuestros problemas. No se trata de negar las dificultades, sino de trasmitirnos consignas que nos ayuden a superarlos. ¿Quién no ha visto a los tenistas hablarse a sí mismos en pleno partido, animándose, corrigiéndose, estimulándose? Han sido entrenados psicológicamente para ello, para superar esos momentos de flaqueza o desaliento dándose ánimos a sí mismos, apelando a su fuerza interior, a esa actitud positiva y optimista. Ser optimista equivale a vivir mejor Buscar el lado positivo de las cosas ayuda a sentirnos mejor, hace surgir sentimientos de bienestar y proporciona fuerza y energía para enfrentarnos a las situaciones difíciles. Fijarse en las cosas buenas de la vida es una actitud, que puede ser cultivada y trabajada. Veamos algunas pautas:

Cuando percibimos algo como exclusivamente negativo, dudemos de ese pensamiento. Ha de haber algún modo de hallar algo positivo a la situación o, al menos, a relativizar su gravedad. Cuando nos veamos atrapados en un callejón sin salida, no reaccionemos inmediatamente. Detengámonos, reflexionemos y busquemos alternativas. Hagamos frecuentemente inventario de todo lo bueno que tenemos, que es mucho. Recordemos cuántas personas están peor que nosotros. Escuchemos a quienes nos quieren y nos valoran tal y como somos. Utilicemos pensamientos constructivos: “quiero”, “puedo”,”soy capaz”. Recordemos situaciones a las que respondimos positivamente. No aceptemos pensamientos como “a mis años no puedo cambiar”. Admitamos nuestros errores. Sólo quien se equivoca está vivo de verdad. Los que nunca se equivocan, cometen la mayor de las equivocaciones porque no asumen riesgos: consciente o inconscientemente, se han rendido, han dicho "me planto". Las dificultades son oportunidades que nos da la vida para fortalecernos. De esas batallas podemos salir reforzados y con una mayor autoestima.

ACTITUDES ANTE EL ESTRÉS

Todos, desde el nacimiento, venimos de fábrica dotados de un botón rojo extremadamente sensible al exceso de presión instalado en algún rincón del cuerpo. Cuando las condiciones exteriores son adversas y se pone en peligro nuestra supervivencia, el botón rojo se dispara provocando una reacción de emergencia. Al instante los mensajes de alarma de nuestro cerebro que controla las emociones los regula el hipotálamo y da sus voces a la hipófisis que a su vez despierta a las glándulas adrenales para reaccionar velozmente a cualquier peligro. Lamentablemente toda reacción es un poco ciega y reaccionamos con toda la furia química en nuestra sangre tanto si se produce un terremoto como si recibimos meramente un bocinazo a nuestras espaldas. En realidad toda amenaza externa (o interna) termina convirtiéndose en un tigre agazapado a la vuelta de la esquina, en la oscuridad de la noche o cuando nos quedamos solos a punto de abalanzarse sobre nosotros.

Pero ni tan siquiera hace falta ver al tigre entero, basta su sombra, su olor, apenas una uña de su garra para que la reacción de alarma se dispare. Nuestro sistema de alarma es tan efectivo que si de verdad saliera al paso un enorme tigre, correríamos cien metros lisos en un santiamén y saltaríamos cualquier muro con pasmosa facilidad. Otros, al verse acorralados, podrían darle, al menos de entrada, un buen saco de patadas y puñetazos al dichoso entrometido. Estaríamos prestos para huir o para defendernos. ¿Pero qué ocurre cuando la amenaza se convierte en un jefe autoritario o en un examen difícil, cuando aparecen los celos o se muere un ser querido?. Toda esa tormenta química que bulle en la sangre no encuentra una respuesta allá afuera. Dentro, se altera el ritmo cardíaco y sube la presión arterial para dar una mayor capacidad de reacción al organismo; se movilizan los azúcares de reserva porque habrá mayor consumo de oxígeno; la tensión muscular aumenta para responder a las condiciones más adversas, mientras el cerebro se pone alerta y vigilante. En cambio fuera, a lo mejor sólo decimos "sí, jefe, a las 5 PM lo tendrá hecho", o "¡ten cuidado como conduces que casi me matas!". Dentro no sólo se pone en marcha el sistema simpático que se activa en situaciones de peligro, se inhiben también aquellas funciones vitales que no son urgentes para la supervivencia y que no son tan necesarias para la alta capacidad de respuesta. Por eso, allá fuera, después de la bronca del jefe o del altercado cotidiano, por poner un ejemplo, se nos quita el apetito, baja la líbido, cambia el humor. El ácido del estómago alimenta una posible úlcera, la mandíbula apretada para no morder a nadie y el ceño fruncido con cara de pocos amigos.

Ya no hay tigres sueltos en las ciudades de los que correr ni estamos expuestos a frío o calor intensos, y al menos, en nuestras latitudes a sed y hambre duraderos. No es frecuente ser asaltado, secuestrado, violado. No recibimos a menudo chantajes criminales, no nos torturan ni estamos en guerra como una gran parte de nuestro mundo en las que descubrimos las graves secuelas físicas y psíquicas que padecen esas personas totalmente destrozadas. Vivimos en un mundo "civilizado".

 Pero en este mundo civilizado hay competitividad, ritmo frenético, falta de tiempo, polución, tráfico, ruido, nos movemos en un entorno hipercomplejo lleno de normas y responsabilidades. Día tras día, esta presión crónica va sumiendo al individuo en un delicado equilibrio donde el organismo actúa sobrecargado sin verdadero tiempo para recuperarse. Ya no es la persona la que lleva las riendas de su propia vida, con el estrés crónico perdemos dominio de las situaciones, estamos irritables, reaccionamos desmesuradamente ante pequeñas situaciones sin importancia y llevamos los pensamientos a cuestas con una gran carga de resentimiento. Cuando los obstáculos se vuelven insalvables sentimos frustración, nos baja la autoestima hasta terminar carcomiéndonos la depresión.

 Como cada mañana suena el despertador y queremos compensar el agotamiento y el cansancio con medicamentos o drogas, con alcohol, tabaco, café que tomados de forma compulsiva agotan aún más al organismo ya de por sí sobrecargado. El círculo vicioso se potencia, cuanto mayor cansancio más apatía, menos rendimiento, desmoralización que tiende, a la larga, a favorecer la baja laboral. Se puede entrar en esa espiral de somatización en la que uno visceralmente se autoculpa y se agrede. Aparecen los dolores crónicos y las infecciones frecuentes. Se altera la menstruación, se cae en la inapetencia sexual, bien en la impotencia como en la anorgasmia. La ansiedad crónica a veces se compensa con bulimia y anorexia. En todo caso se llega a la cama con todo el cansancio del mundo pero sin poder pegar ojo. El estrés no se ceba solamente en los que deben rendir al máximo, los que compiten por la cuantificación de los resultados, los que se ven obligados a ser una pieza más en el gigantesco engranaje de una empresa mastodóntica en lucha permanente con otras por hacerse con el mercado en una verdadera guerra económica entre titanes. No es solamente éste el individuo que claudica. Sufren de estrés también los que viven la soledad de forma impuesta en grandes ciudades donde la gente se ignora y ya nadie conoce al vecino. Sufren de estrés severo los que padecen separaciones con juicios e hijos de por medio, los ancianos que se quedan viudos y no pueden ser atendidos, los que pierden un empleo precario en un mercado de trabajo cambiante de un mundo convulsionado por los cambios tecnológicos que a todos nos hace llevar la lengua fuera formando ya parte natural del paisaje de nuestro rostro.

En estos momentos es elemento de riesgo para sufrir estrés una boda, una jubilación, una hipoteca o un embarazo. Si me permitís la caricatura, te casas a lo grande empeñando hasta el riñón para dar un lujoso banquete y, si además, te quedas preñada puede que tu puesto de trabajo corra peligro porque eso significa que perderás muchos días de trabajo. Si te despiden no podrás pagar la hipoteca que crece como la espuma, y quizá te puedas quedar si casa. Todas las patologías asociadas al estrés crónico como las crisis coronarias, la fatiga ocular, las crisis asmáticas, las jaquecas, las úlceras, colitis, infecciones o alopecias no son más que la punta del iceberg de un sistema de vida que ha perdido la medida. Nuestro pecado es el de haber roto el ritmo natural, el de ir hacia una hybris fuera de toda norma humana. Nuestro mito es el de Prometeo quien quiso robarle el fuego a los mismos dioses. El progreso avivado por la ciencia insta al homo economicus a producir para consumir y tener aunque no tenga tiempo de disfrutar y deba tempranamente desechar a fin de hacer hueco a la novedad que no espera. Lo decía muy bien un tal Gauvreay "era ese tipo de persona que se pasa su vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita y comprar cosas que no quiere para impresionar a gente que odia". Si nuestro mal está causado por una patología del hacer, es obvio que el dejar de hacer puede solucionar parte de la problemática anunciada. Bastaría desconectar, soltar la agenda y el reloj para fluir más con los ritmos de la mañana o de la tarde, conectar con el apetito verdadero y con las ganas de dormir cuando aparece el sueño. Pasear y conectar con la naturaleza, tocar la tierra y el agua del mar, ver –aunque suene bucólico– el horizonte, la lejanía de las montañas, la profundidad del cielo. Y es que la naturaleza nos devuelve a la verdadera medida del ser humano, nos hace reconocer la humildad de nuestras vanas creaciones. La tierra que pisamos nos remite al cuerpo que al igual que la tierra tiene ritmos que han de ser respetados. ¿No sería insensato decir que el invierno no es rentable porque la tierra no produce sin darnos cuenta que en ese aparente reposo natural, las raíces van tejiendo sus sueños que en primavera serán tallos y hojas, flores y frutos? Sin embargo como hemos aprendido que el tiempo es oro, el tiempo de ocio también tiene que ser rentabilizado. Las vacaciones que nos da el sistema las llenamos de infinitas frustraciones a las que nos vemos sometidos durante todo el año.

 Desconectar del trabajo se convierte en una lucha feroz contra los elementos, conseguir un billete barato aunque la reserva hotelera sea cara para llegar al punto más alejado del orbe y hacer la excursión más exótica donde tomar la fotografía más idílica después de pelearse con todo el mundo porque los servicios precarios no ofrecían lo que prometía el folleto turístico. ¡Son vacaciones! En realidad desconectar no es llenar el vacío de nuestras vidas añadiendo riesgo, exotismo y aventura, sino soltar amarras, vagabundear en el pensamiento, desnudarse de roles impuestos, visitar la imaginación y darse tiempo para absolutamente todo.

Cuando por fin decidimos desconectar no caemos en la cuenta de que el botón rojo sí que se dispara automáticamente pero no es tan fácil desactivarlo. La tempestad hormonal del estrés puede continuar aunque estemos días debajo de la sombra de un árbol sin hacer nada. La inercia biológica ha dejado ya un estilo de hacer que es un "ir tirando" aunque con los motores a todo vapor pero con mengua de la energía. Evidentemente la solución no pasa por crearnos una burbuja en la que la vida sea totalmente armónica y donde no haya ningún tipo de contratiempo. La solución no es la del mundo feliz. La vida es un reto continuo y la presión del medio puede ser un buen estímulo de progreso personal y social. El estrés desgasta pero el deterioro dentro de unos límites forma parte del proceso vital. El problema reside en no saber cuál es nuestro nivel de tolerancia al estrés, y en no dejarnos el tiempo suficiente para que el organismo se recupere de la presión recibida. Hay quien vive bastante bien con un elevado nivel de estrés cuando ha dominado las situaciones que lo provocan. Aquí se impone una seria toma de conciencia sobre nuestro estilo de vida y el delicado equilibrio entre el tiempo de trabajo, de formación o reciclaje, de ocio, así como el tiempo fundamental con la familia y el de descanso. Nos obliga a organizarnos bien para poder seleccionar entre lo importante y lo superficial, entre lo urgente y lo postergable. Esta conciencia de la medida entre uno, los demás y el mundo, que nos hace saber cuánto puedo y cuánto no, es realista y liberadora. Pero nos obliga a ajustarnos para poder valorar lo esencial de nuestras vidas. Aquí es donde entra la idea de finitud y la conciencia tan sabia de la mortalidad. Si hiciéramos hipotéticamente la experiencia de tener sólo un mes de vida por delante, tal vez unos pocos días, nos daríamos cuenta de cuánta energía ponemos en cosas intrascendentes, cuántos pactos totalmente prescindibles hemos firmado, quizá cuánto abandono de relaciones realmente nutricias y solidarias hemos perdido. Manejar bien el estrés significa tener una buena reciprocidad en las relaciones sociales, esas conexiones que amortiguan los estragos de la vida, aunque también es importante el mantenimiento de una buena autonomía personal que nos permita afrontar la soledad de forma creativa y lúcida, ya que la vida social es simultáneamente fuente de estrés pero nos hace de colchón contra él. Cuidar el cuerpo es otra de las vías importantes a tener en cuenta. El Yoga como otras tantas disciplinas psico-corporales parten en su disciplina de una toma de conciencia postural para sentir el cuerpo, sus apoyos, su verticalidad o su respiración. Pero en realidad se trata de "bajar" de la cabeza para ir a la sensación e ir sensibilizando todo el cuerpo. Esta sensibilización no es gratuita pues potencia la propia autorregulación del organismo. Cuando hay demasiada tensión, como ocurre en el estrés, hay una insensibilización y un entumecimiento de todo el organismo. Es verdad que hay menos dolor porque se inhibe en esos episodios de estrés aunque a costa de una desconexión del lado vital y placentero del propio cuerpo.

Tomar conciencia del cuerpo es salir de la amenaza que ronda la cabeza que neuróticamente se expresa en fobias, obsesiones y manías, y llegar a la sabiduría del cuerpo que nos transmite confianza. Evidentemente se trata de estirar el cuerpo para soltar tensiones y así vencer los sedentarismos de la vida moderna, así como respirar ampliamente para renovar y aumentar la energía vital y, sobre todo, saber relajarse. En el fondo relajarse no es meramente una aplicación sistemática de unas técnicas de autocontrol sino un recordar lo olvidado para recuperar nuestro propio estado natural de vida que en algún momento tuvimos. Relajarse no es tanto un hacer como un saber no hacer que de tan sencillo parece imposible. Y es aquí donde hacer Yoga no es solamente hacer posturas de autoperfeccionamiento sino la conquista de ese espacio sagrado que es el cuerpo, que es también la vida profunda de nuestro ser. Volver a ser religioso de forma instintiva sin dogmas ni doctrinas se vuelve capital para resolver toda problemática vital. Una religiosidad que en realidad es un religarse con lo más alto, aquello que nos rodea por dentro y por fuera y que nos trasciende, eso que el místico o el chamán llaman misterio. Religiosidad porque detrás del estrés, como detrás del individualismo fomentado por la consecución del ideal del hombre burgués que lo tiene todo, hay un ego parapetado que teme perder el control y que paradójicamente se encuentra solo. Ser parte de un todo mayor nos libera, en cambio ser un yo en el centro de control del universo nos esclaviza porque cualquier movimiento en falso, cualquier aproximación de algo diferente nos pone en peligro. Sólo habrá tiempo de afilar las armas o construir las defensas. Quizá deberíamos decir algo acerca de la inseguridad y de la inexperiencia que son también fuentes de tensión pero que se pueden convertir, si ponemos un cierto coraje, en fuente de curiosidad creativa. De hecho, la seguridad en la vida es una ficción al servicio de una mentalidad débil, más al fondo nos movemos siempre en el plano de las incertidumbres y de las probabilidades. Como nos recuerda el dicho sabio de que sólo poseemos aquello que no podemos perder en un naufragio, es decir, nada, no poseemos ni siquiera nuestra vida. Intuyo que la felicidad está más relacionada con la lucha vital que con dejar de ponerse retos. El coste, ya lo sabemos, es un racimo de tensiones diarios que si no sabemos desgranarlos acaban con nuestro equilibrio hacia un envejecimiento prematuro. Volviendo a lo apuntado anteriormente, señalamos que la mejor terapia antiestrés es un enfoque diferente en la vida que tenga en cuenta un espacio de ocio creativo que nos permita desconectar periódicamente, para así conectarnos no sólo con la naturaleza sino con el ritmo natural de nuestro organismo, donde hay mareas energéticas y días óptimos de otros no tan óptimos. Aprender a relajarse no como una nueva imposición sino como una actitud de confianza. Evitar los excitantes tóxicos y adictivos y comer bien, sobriamente y con gusto. Hacer ejercicio adecuado no porque lo digan los profesionales de la salud sino porque el cuerpo mismo lo pide tanto en su expresión como en su mejor autonomía. Crear las condiciones en nuestra casa de silencio, orden y tranquilidad para que el descanso sea profundo y reparador.

Ahora bien, no debemos creer a pies juntillas que la vida es un permanente y agotador camino de obstáculo, pues como seres sociales convivimos con otros y nadie es tan supermán que no necesite pedir apoyo pero tampoco tan miserable que no pueda ayudar en algo a los demás. En definitiva si tuviera que acentuar esta actitud antiestrés de la que hablo diría de cuidar el espíritu porque manteniendo viva la conexión con nuestro interior queda abierta la posibilidad de toda verdadera sanación.

10 RECETAS PARA SER FELÍZ

Alejandro Jodorowsky



¿Como podría definir en términos positivos la felicidad?
Ese concepto, abstracto hasta la medula, es imposible de ser descrito directamente. Para hacerlo tengo que dar un rodeo por su sombra. Vaya entonces la definición: "Felicidad es estar cada día menos angustiado".
Para lo cual puedo intentar dar algunos consejos sin ser tachado de iluso.

1. Cuando dudes de actuar, siempre entre "hacer" y "no hacer" escoge hacer. Si te equivocas tendrás al menos la experiencia.

2. Escucha mas a tu intuición que a tu razón. Las palabras forjan la realidad pero no la son.

3. Realiza algún sueño infantil. Por ejemplo: si querías jugar y te hicieron adulto antes de tiempo, ahorra unos 500 euros y ve a jugarlos a un casino hasta que los pierdas. Si ganas, sigue jugando. Si sigues ganando, aunque sean millones, sigue hasta que los pierdas. No se trata de ganar sino de jugar sin finalidad.

4. No hay alivio mas grande que comenzar a ser lo que se es. Desde la infancia nos endilgan destinos ajenos. No estamos en el mundo para realizar los sueños de nuestros padres, sino los propios. Si eres cantante y no abogado como tu padre, abandona la carrera de leyes y graba tu disco.

5. Hoy mismo deja de criticar tu cuerpo. Acéptalo tal cual es sin preocuparte de la mirada ajena. No te aman porque eres bella. Eres bella porque te aman.

6. Una vez por semana, enseña gratis a los otros lo poco o mucho que sabes. Lo que les das, te lo das. Lo que no les das, te lo quitas.

7. Busca todos los días en el diario una noticia positiva. Es difícil encontrarla. Pero, en medio de los
acontecimientos nefastos, siempre, de manera casi imperceptible, hay una. Que se descubrió una nueva raza de pájaros; que los cometas transportan vida; que un nene cayo desde un quinto piso sin dañarse; que la hija de un presidente intento suicidarse en el océano y fue salvada por un obrero del cual se enamoro y se casaron; que los jóvenes poetas chilenos bombardearon con 300.000 poemas, desde un helicóptero, a La Moneda, donde fue eliminado allende, etc.

8. Si tus padres abusaron de ti cuando pequeño/a, confrontate calmadamente con ellos, en un lugar
neutro que no sea su territorio, desarrollando cuatro aspectos: 'Esto es lo que me hicieron. Esto es lo que yo sentí. Esto es lo que por causa de aquello ahora sufro. Y esta es la reparación que pido'. El perdón sin reparación no sirve.

9. Aunque tengas una familia numerosa, otorgate un territorio personal donde nadie pueda entrar sin tu permiso.

10. Cesa de definirte: concedete todas las posibilidades de ser, cambia de caminos cuantas veces te sea necesario.

"Tu destino es las estrellas
no hagas un nido en la cama
decide quebrar las anclas
desaloja la escalera
no trasquiles
crea lana
abre el ojo que no sueña
pierde la carne y las venas
deja desnuda a tu alma
haz de tu nombre una hoguera
y dile a tu cojo anda
y dile a tu avaro ama
¡Corónate de una cresta!"

7 CAMINOS DE VIDA

La vida es un camino de purificación La gravedad nos tira hacia abajo como si quisiera recordarnos nuestro origen humilde pero la fuerza vital se desquita encontrando la verticalidad hacia el necesario mínimo esfuerzo. Esta lucha entre el abandono y el deseo, el vacío y la voluntad, caos y orden es permanente hasta que dejamos de luchar y sobreviene la muerte. Mientras la vida presiona con sus deberes y responsabilidades y esa presión se traduce en tensiones. Las tensiones son inevitables como son inevitables las deformaciones en los troncos de los árboles cuando resisten con el paso de los años las tormentas y los vendavales. Sin embargo esas tensiones hay que saber administrarlas, desgranarlas a tiempo para no sucumbir bajo una coraza impermeable o implosionar con el corazón ahogado por el estrés o por los contratiempos. Parece ser que algo hay que hacer. Para que nuestra sensibilidad tenga un espacio de desarrollo necesitamos un cierto orden, orden vivo que no rígido, donde nuestro universo de cosas y seres establezcan entre sí unas constelaciones claras, lejos del pantanal que a veces invade nuestra realidad. Ese orden externo debería ser también un reflejo de otro orden interno, de una actitud sana con respecto a nuestro cuerpo y a nuestra mente. De la misma manera que el agua de un río sigue un cauce, la naturaleza que hay en nosotros necesita de unas leyes. Cada día nos alimentamos pero los desechos de la combustión nos obliga a eliminarlos; y es evidente que de la calidad de esa eliminación depende a la larga una correcta nutrición. Es por eso que la salud empieza por una correcta purificación del cuerpo; en principio esta purificación consiste simplemente en darle tiempo al organismo para que elimine. Curiosamente muchas tradiciones religiosas han prescrito períodos de ayuno o abstinencia que aunque tuvieran un dictado espiritual también mostraban una intuición fisiológica. Comer sobrio es comer sano y ayunar puede resultar terapéutico. Desde el ejercicio a la sauna, del agua a la arcilla tenemos muchos elementos para depurar las toxinas.

El yoga nos recuerda un niyama que es shaucha, limpieza y purificación. Nos limpiamos primeramente por una higiene personal saludable, y como somos seres que vivimos en comunidad nos limpiamos también por respeto a los demás. Ahora bien, podemos vivir la limpieza como un rito cargado de espiritualidad. Purificamos nuestro cuerpo y ordenamos nuestra casa para sentirnos disponibles ante lo sagrado. Podríamos decir que en cuerpo limpio anidan buenos pensamientos o que el aroma de armonía que desprende nuestra casa nos acoge en lo más íntimo.

En esta higiene que se vuelve sagrada sentimos que para ir hacia la pureza del cuerpo es necesario atravesar la desidia que nos dificulta eliminar los venenos del organismo. Y no nos quedaremos meramente en la dimensión corporal pues diremos que la pureza de corazón quiere ir más allá de la doblez, así como la pureza de pensamiento quiere disolver la mentira. A menudo es más fácil ver la impureza, el error, fuera de nosotros mismos, pero todo acto de purificación empieza sin duda por uno mismo. La queja ante el mundo se transformará en honestidad ante sí, no esperando ya un mundo puro. 2 Nuestra vida es un camino de servicio desinteresado Todos los seres estamos en un mismo barco que se llama vida. Cada uno de nosotros es una célula de un gran ser que se llama humanidad y cada célula, cada ser, lo sepa o no, quiera o no quiera, vive (aún bajo la ilusión de la individualidad) en pos de esa vida y de esa humanidad. Millones de años de evolución han demostrado que la vida se mejora a sí misma, buscando la respuesta más adaptativa, integrando la complejidad, estableciendo funciones superiores. Si esta evolución que late en nuestras entrañas se supera a sí misma en cada nacimiento, nuestra consciencia debe comprender que venimos a este mundo no sólo para mejorar lo que nos ha sido dado, no sólo para desarrollar potencialidades personales sino para apoyar también a esa humanidad de la que formamos parte, a todos esos seres que buscan como nosotros la trascendencia. Ayudar a los seres que sufren a ir de esta orilla de dualidad y de ignorancia a la otra orilla de unidad y sabiduría parece pura ilusión pues nosotros mismos estamos en la misma orilla y somos los primeros en necesitar ayuda. Pero ayudar a otros seres forma parte de nuestro deseo más noble, esa nobleza que manifiesta el bodhisattva que renuncia a su propia iluminación hasta que el último ser no se haya iluminado. La cualidad de este bodhisattva es metta es este amor compasivo hacia todo ser que nos recuerda el budismo. Para ello hemos de despertar de la ilusión a la que nos tiene acostumbrado nuestro yo, creer que cada uno va en un barco diferente (a cual más bonito) y que nuestra propia felicidad es independiente de la de los otros. Patanjali nos recuerda que hemos de cultivar Isvara pranidhana, y de tal manera como un grano de arena en medio de la inmensidad hacer lo que uno tiene que hacer pero sin apegarse a sus frutos; frutos que no son nuestros sino de todos, de la vida, de lo divino, se llame como se llame. Si estamos pendientes del interés (hablando de un interés excesivo) nuestra acción no es limpia y el resultado siempre es mezquino, insuficiente. Si queremos atesorar cerrando el puño nos daremos cuenta que apenas caben unas pocas monedas en nuestra mano.

En cambio no hay otra posibilidad que la devolver con creces a la vida lo que la vida nos ha dado. Si somos un parpadeo veloz en el tiovivo del mundo, y el mundo sigue, y la vida sigue después de nosotros, nuestra responsabilidad es pensar también en el mundo que dejaremos a los nietos de nuestros nietos. La muerte nos recuerda que toda posesión es una momentánea ilusión. Existe otro hacer como cuando uno va a plantar un árbol aún a sabiendas de que no lo va a ver crecer, ni va a comer de sus frutos. 3 Nuestra vida es un camino de amor Dicen los científicos que el universo es neutro compuesto por materia, luz y energía. Los supersticiosos susurran que el universo es peligroso, lleno de fuerzas incontrolables y tenebrosas, en cambio dicen los místicos que el universo es benéfico aunque no comprendamos sus últimas finalidades. ¿A quién creer? En todo caso nosotros le damos realidad al universo con nuestra fe y con nuestra esperanza. Recogemos, por tanto, aquello que sembramos. Sin duda, vivimos en nuestro pequeño universo en connivencia con ese otro gran universo. Todo depende del juego al que queramos jugar. Juguemos pues, y una de las reglas del juego es que el contagio se da por doquier. La materia contagia sus vibraciones, y el alma sus esperanzas y sus sueños. Con todo esto el destino teje una trama. Si cada situación que nos trae el destino posibilita un encuentro y una comprensión quizá podamos insinuar que el universo conspira para que seamos felices. Y esa conspiración nace y acaba en el amor pues no hay fuerza más potente que sea capaz de anidar estrellas y de estrechar seres. El descubrimiento del alma es la comprensión de que ésta vive por amor y que su sino es la disolución en un mar de bienaventuranza. Sat-chit-ananda es esa cualidad del ser consciente lleno de beatitud. Pero como amor es una palabra demasiado prostituida quizás es interesante hablar de un abanico de expresiones amorosas que van desde la escucha al reconocimiento, desde el perdón a la compasión entendida como esa capacidad de colocarse en la piel del otro y entender (sin necesidad de compadecerse o mortificarse) el sufrimiento del otro. Si supiéramos que toda la farsa que pudiera haber en nuestra historia, toda la elaboración de personajes de vida y estrategias de relaciones esconden en el fondo una carencia de amor, nos daríamos cuenta que el amor es un destino al cual no podemos dejar de ir. Desangelados por la vida no somos conscientes que lo que buscamos de veras es un verdadero abrazo donde dejarnos ser. Y no nos damos abrazos porque no sabemos, porque es tabú, porque rompe las formas sociales, pero es que a amar se aprende amando, y amando se hace un camino de vida. El yo teme al amor porque el amor es la disolución de toda frontera entre dos aparentes identidades, el amor es el recuerdo de que en esencia somos uno y esto desde la perspectiva de una estructura de personalidad rígida puede ser aterrador.

Es posible que no haya amor sin sufrimiento pero también, no lo olvidemos, el amor es alegría y celebración, gozo y consuelo. 4 Nuestra vida es un camino de conocimiento El conocimiento es uno pero con múltiples senderos que es lo mismo que decir que cada uno tiene un trocito de verdad y que entre todos los cristales formamos un espejo entero. Las verdades no son absolutas, ni fijas e inmutables pues cambian con los cambios de la vida, cambian con la óptica del observador, cambian desde la dimensión que la contemplas. Ahora bien, es evidente que hay verdades más permanentes que otras, más globales o más profundas a las cuales se dirigen los buscadores. De todo podemos extraer una lección, podemos aprender de la nube, del árbol, de una fórmula matemática, de la historia, de nosotros mismos, por supuesto. Pero no se trata en el fondo de una acumulación de conocimiento sino del arte de vivir. Ser sabio en las leyes de los cambios para fluir con la vida, para no ir a contracorriente, para estar en paz. Hesychia, esa paz a la que aspiraban los Padres del desierto. En ese aprendizaje de por vida no puede ni debe haber ambición pues nos convertiríamos en estrictos eruditos o mercaderes de las ciencias. No aprendemos sólo con el raciocinio sino con todo el cuerpo, con los sentidos a flor de piel, con la analogía, la experiencia y con la curiosidad. Y es esa curiosidad que mantiene el espíritu del niño que nos hace, con el tiempo, convertirnos en sabios, porque la sabiduría no es tanto la ilustración del conocimiento como (alguien humilde dijo) la buena administración de la ignorancia. Desde esta posición la estrecha luz de la razón no puede iluminar los confines del universo, así el místico siente que vive en el misterio y que el misterio duerme dentro y fuera de sí mismo. Es vana la pretensión de querer dar respuesta a todo lo que nos rodea porque cada pregunta y cada respuesta abre nuevos interrogantes. El sabio lo sabe y no intenta responder sino sacar fuerzas de ese misterio para estar despierto, para asombrarse del mismo acto de ser. El reto es aprender de todo, la triste realidad es que no podemos aprender mucho porque el conocimiento es ilimitado. Esta comprensión nos posibilita una actitud de estar abierto a todo, adonde la vida nos lleve, alumbrado a veces por los libros, por tal o cual enseñanza pero haciendo que la propia experiencia sea la verdadera maestra. Ubekkha es la ecuanimidad necesaria ante las experiencias de la vida, abrirse más y más a lo que la vida nos traiga.

Asombrarse del más pequeño insecto, de la minúscula brizna de hierba es reconocer con humildad el plan divino que hay escondido en todo lo que vive, y esa inteligencia superior que nos secunda es a donde apunta esta vía de realización.

Nuestra vida es un camino de transformación El mundo es bien tangible como lo comprobamos día tras día pero nuestra vida en este mundo tangible está llena de una neblina ilusoria avivada por el deseo. Por eso decimos a veces que el mundo es ilusorio pues vamos en busca de fantasmas que toman la forma de paraísos materiales, de objetos fabulosos o de poderes extraordinarios. Como nos recordaba Buddha, el dolor (el envejecimiento, la enfermedad o la muerte) existe pero hay una salida a este dolor. El fruto de avidya, el fruto de la ignorancia es el dolor (dukkha) como nos señala la tradición hindú, y también nos indica que son cuatro los hijos de la ignorancia que van desde la importancia personal hasta el deseo pasando por los temores y el miedo al cambio. Hijos de la sombra a los que hay que cortar las raíces. Por tanto vemos que hay un camino de transformación que nos lleva de esta orilla de dualidad a otra de unidad. Las imágenes son múltiples para hablar de esta transformación de lo inconsciente en consciente. Convertir el plomo en oro como sentencia la alquimia; despertar la energía kundalini para realizar las bodas divinas de las que nos habla el tantra; abrir las fauces del león, como símbolo de la sublimación del instinto como plasma el esoterismo.

Mitos y cuentos iniciáticos también, entre otros, hablan de este camino de transformación. También se nos dice que hemos de despertar, que nuestra vigilia es sueño para el sabio. Que hemos de quitarnos la venda de los ojos y ver nítidamente la realidad. Las imágenes se suceden y se nos dice que hemos de volver sobre nuestros pasos y desandar lo andado para rehacernos nuevamente. La fragmentación de nuestra vida se convierte en remembración. Rememorar lo que verdaderamente somos aunque debamos pasar por una cierta locura que nos cure de la estricta cordura en la que el mundo locamente está. Este camino de transformación está muy bien simbolizado en la flor de loto. Remontándose por encima del lago, hundiendo sus raíces en el fango, la flor de loto muestra su pureza, así como el sabio viviendo en este mundo de ignorancia no queda contaminado por su oscuridad. 6 Nuestra vida es un camino de contemplación.

El mundo sensible que nos rodea nos trae belleza y realmente lo bello no está totalmente fuera, en el objeto pero tampoco totalmente dentro, meramente en la mirada. La belleza es un encuentro feliz entre dos mundos, entre el objeto y el sujeto; es un tránsito atento por la cuerda floja que media entre el mundo sensorial en un extremo y el ideal en el otro, quizá el acuerdo secreto entre la forma y la función. Quién sabe.

En todo caso la persona que se para por un momento del ajetreo del mundo y contempla lo bello, lo efímero, lo sutil de todo lo que existe queda embriagado profundamente. Y es que debe haber una sintonía entre belleza, bondad y verdad como nos recuerdan los filósofos clásicos. Tratamos de recogernos en meditación para calmar el torbellino de la mente, para hacer hueco y poder orar. La oración no es una letanía sino una invocación para que aparezca en nosotros lo más elevado. Y a veces la mejor oración es también el silencio. Contemplar es hacer el silencio, y hacer silencio es dejar que hablen las cosas para poderlas contemplar. La contemplación no es un análisis de lo que percibimos sino una fusión con la experiencia de la cosa percibida. En este caso el yo está en latencia pero no en primera línea, las fronteras se diluyen como se diluye el tiempo lineal en uno más eterno. Y es que más allá del hacer inevitable en este mundo, de establecer vínculos y de comprender los porqués, hay que contemplar esta maravilla que es la creación. En el silencio de esta contemplación el alma habla, mejor dicho, canta, y nosotros, nuestro cuerpo, muchas veces sin previo aviso, quiere bailar. El poeta nos dirá que la existencia que acontece a cada instante se manifiesta como una sinfonía a la que hay que estar atentos. Si pudiéramos responder a la pregunta de a qué hemos venido a este mundo. Si pudiéramos responder por el sentido de la vida quizá diríamos que la vida se busca a sí misma para devenir consciente. Hay un camino muy poco transitado que sólo recorren los locos, los niños y algunos seres, y es el camino del asombro. Abrir los ojos de par en par para llenarse de infinito. 7 Nuestra vida es un camino que hay que transitar hasta el final Nuestro camino en la vida puede transitar por desfiladeros o por llanuras, por parajes sombríos o luminosos valles, aunque en realidad no importa mucho, pues todo camino no es más que una metáfora de los procesos del alma. Ningún camino va a ningún sitio, como nos recordaba el viejo chamán, si acaso a uno mismo. Y uno mismo siempre ha estado antes, durante y al final del camino. El camino no es nada y lo es todo. El camino es ese hilo que une un acto aparentemente contingente con otro y que con el decurso de la vida parece trazar un dibujo definido. Sabemos que los caminos fáciles no llevan lejos, tal vez por eso el que busca siente que el camino es largo. En él encontrará innumerables escondites, refinadas excusas para no seguir pero la insatisfacción profunda hará que sigamos buscando.

Caminos apetecibles, tentadores hay muchos, y todos ellos válidos pero sólo uno entre ellos, el que sentimos con corazón es el nuestro. Los mitos nos dicen que los obstáculos aparecerán en el camino, laberintos y minotauros, trampas y desafíos, pero también nos dicen que una vida sin retos no es propiamente humana pues todos vivimos en nuestro interior el arquetipo del héroe o de la heroína. Habremos de cultivar viriya, el coraje, khanti, la paciencia y adhitana, la perseverancia necesaria para persistir en nuestra hazaña. Quizá no hay que confundir el camino del ser con el camino que fantasea hacer el ego. Así caminar hacia la madurez no es bajar al mercado espiritual donde todo se compra o donde las diferentes técnicas espirituales se intercambian como ropajes al mejor postor. El camino es un camino de guerrero donde lo verdaderamente importante es la impecabilidad como seres humanos. Tal vez por eso, la tradición ha hablado de iniciación donde el iniciado pasa por una prueba como tanteo de su capacidad de compromiso. Si empezamos el camino con estruendo de tambores, está claro que al final, el camino, tiene que ser tan imperceptible que nadie note nuestros pasos. Y es que la invisibilidad es propia del caminante sabio.

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